Texto: Nicolás Orozco

Fotos: Adobe Stock

Senegal es un país de contrastes. Tanto en el paisaje como en su gente. Haremos un recorrido de norte a sur. Comenzamos en Saint-Louis, una ciudad que fue capital hasta el año 1957 y se convirtió en un punto importante durante la colonización francesa, lo que explica su arquitectura. En el año 2000 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, por la buena conservación de las construcciones de aquellos años. 

Esta ciudad se caracteriza por estar dividida en dos partes por el río Senegal. La isla que se forma es de los lugares más bonitos de Saint-Louis. Se puede recorrer en pocas horas. Merece la pena hacerlo durante la tarde. En África, y más concretamente en Senegal, dicen que los atardeceres –y sus colores– son diferentes. Más especiales.Caminar por las calles de esta isla supone entrar en un remanso de paz. Este recorrido se puede aprovechar para visitar el Museo de Fotografía de Saint-Louis: el primer proyecto con estas características de todo Senegal. Esta galería fotográfica está distribuida por varios edificios a lo largo de toda la isla, de manera que descubrirla supone también descubrir el trazado urbano de este enclave del norte. Un proyecto que, además, apoya al talento joven. 

LA LENGUA DE BARBARIE

Nos ponemos el cinturón y arrancamos. Tenemos la suerte de que no tardaremos mucho en llegar hasta nuestro próximo destino: la Lengua de Barbarie, una larga y estrecha franja de arena que separa el océano Atlántico del río Senegal, a la altura de Sant-Louis. Un espacio protegido caracterizado por aves que, durante la tarde, trazan imaginarias autopistas en el cielo yéndose a descansar hasta la mañana siguiente.

El lugar no dejará indiferentes a los amantes de la fotografía. Se calcula que puede haber más de trescientas cincuenta especies de aves diferentes y se considera una de las mayores áreas de aves migratorias de toda África Occidental.

DAKAR, LA CIUDAD QUE NUNCA SE DETIENE

Es momento de seguir nuestro recorrido. Esta vez nos tocan varias horas de carretera por delante hasta llegar a la capital del país: Dakar. En esta gran ciudad africana, marcada por los grandes edificios y el caos típico de lugares con estas dimensiones, viven cerca de cuatro millones de personas.

Al nombre de Dakar lo acompaña, inevitablemente, la palabra cultura. Con una gran oferta, la Unesco la definió como «ciudad creativa». Dakar está llena de colectivos jóvenes que han convertido el arte en su forma de explicar el país y de cuestionarlo.

Antes de marchar, y para comprender la dura –e injusta– historia que ha marcado a África hasta hoy, es imprescindible visitar la isla de Gorée. Situada a 3,5 kilómetros de Dakar y accesible en un ferri de veinte minutos, está considerada Patrimonio Mundial de la Unesco por ser uno de los símbolos más potentes de la trata atlántica de esclavos durante la colonización. No existen cifras exactas sobre cuántas personas pasaron por aquí: algunos relatos hablan de millones. Lo que sí permanece intacto es su carga simbólica, su capacidad para recordar las heridas de un pasado que aún dialoga con el presente.

DONDE EL BOSQUE GUARDA HISTORIAS

Para finalizar el recorrido llegamos a una de las grandes joyas de Senegal: Casamance, en el sur del país. Para llegar se puede ir por carretera –cruzando la frontera con Gambia o rodeando este país–, en avión o en barco. Desde Sant-Louis a Casamance la postal cambia radicalmente. Al norte, el Sahel dibuja un paisaje de viento y arena; y en el sur, aparecen carreteras secundarias, la arena rojiza y un paisaje verde que contrasta con el marrón del norte. La región de Casamance se caracteriza por ser extremadamente tropical, húmeda y fértil. 

Aquí, la religión animista –la creencia de que todas las cosas poseen un espíritu y una fuerza vital– está profundamente arraigada, especialmente entre la etnia diola, y marca ceremonias y la organización interna.

Senegal es una república, pero en este enclave del sur hay reyes. Monarquías que no legislan ni administran fondos, pero que median en conflictos comunitarios y tensiones territoriales. El más conocido es el rey de Oussouye, Sibiloumbay Diedhiou. Tras pedir una audiencia real, se le puede visitar a la entrada de un bosque considerado como sagrado. El rey viste un traje y gorro rojo. Nadie más puede lucir de esa forma. 

Casamance es una región cargada de historia, espiritualidad y naturaleza. Una representación perfecta de la riqueza cultural y humana de este país de África Occidental.