Texto: Víctor Brito
Fotos: Shutterstock
Desde el aire, São Miguel, la isla más grande y poblada de Azores, se presenta como una Irlanda en miniatura. Una extensión verde en el centro del Atlántico donde, dicen sus vecinos, viven más vacas que personas. Cuesta creer que, compartiendo todo un océano, realidades sociales comunes y hasta semejanzas paisajísticas, azorianos y canarios hayamos vivido de espaldas. Bajé del avión con la sensación de haber descubierto América, con ganas de llamar a todo el mundo y decirles: «Pero cómo es posible que esto esté aquí y no nos hayamos enterado». Yo al menos desconocía que apenas mil cuatrocientos kilómetros separan ambas orillas, y que se tarda lo mismo que en ir a Madrid.
São Miguel es más grande que La Palma pero más pequeña que Lanzarote. Comparte con estas islas la capacidad de sus paisajes para transformar al visitante. Empieza cuando te alongas a las lagunas que nacieron del fuego, porque en el interior de los cráteres de sus volcanes hay agua. Mi favorita es la de Congro, pequeña, tranquila y coqueta, y fuera de las rutas turísticas tradicionales.
Aquí la tierra respira. Si nos perdemos por sus bosques de Laurisilva, comunes a casi todos los archipiélagos macaronésicos, y seguimos un rastro humeante, llegaremos a alguna de las cinco fuentes termales de la isla. Por el día mejor visitar Caldeira Velha. El agua de estas piscinas a treinta y cinco grados se calienta con fumarolas. Y en las noches frescas de Azores mejor pasarse por la Poça da Dona Beija. Ojo con la ropa de baño, porque sus aguas anaranjadas son ricas en hierro. Con este calor geotérmico, por cierto, se elabora el cozido das furnas, un delicioso primo hermano del puchero, con regusto a minerales, que se cocina bajo tierra.
Esa sacudida que la naturaleza te da en São Miguel también ocurre si eliges avistar cetáceos. Natalia Pérez, tinerfeña y bióloga marina, es la capitana de barco más apasionada que vas a encontrar. Me llevó frente al litoral de la capital, Ponta Delgada, y lloramos juntos al encontrarnos con un grupo de orcas. Azores es un santuario para estos animales.
Pero la catarsis a la que te somete la isla puede suceder incluso nadando en las piscinas naturales de Mosteiros, subiendo la impresionante escalinata de Nossa Senhora da Paz, probando las queijadas, y hasta remando en kayak por una de las siete maravillas naturales de Portugal, la Caldera de Sete Cidades.
São Miguel es la mejor puerta de entrada a las Azores. Está aquí al lado, pero te lleva lejos. Y cuando vuelvas, se lo vas a querer contar a todo el mundo.
CALLES CON SABOR COLONIAL
Más allá del empacho natural, la isla cuenta con una fotogénica capital, Ponta Delgada, que se diferencia de otras ciudades portuguesas por el uso del basalto volcánico en su arquitectura y por rincones que nos trasladan a la herencia colonial lusa en América. Y es que las Azores, como Canarias, han sido históri- camente un cruce de caminos. Ambos archipiélagos comparten también un pasado migrante.












