Texto: Juan Manuel Pardellas
Fotos: Adobe Stock
La isla de Sal es un destino para disfrutar, descansar, reconciliarse con la naturaleza marina, con lo mejor del ser humano, con un sonido maravilloso del acento portugués, y el criollo, acunado por las olas y un color esmeralda que nos atrapará para siempre.
El lema local es No Stress y en verdad la vida va a otro ritmo, diseñada para reconciliarnos con la pila de las lecturas pendientes. Sal es tanto una escapada romántica como una búsqueda hacia nuestro propio interior o, si hay chiquillos alrededor, un destino para toda la familia (abuelos incluidos si tenemos aún esa suerte), con la que nos divertiremos unos días en un lugar maravilloso.
El vuelo de Binter nos deja a poco kilómetros de Santa María, de donde si quisiéramos no tendríamos que salir. Hay magníficos hoteles a pie de playa con todos los servicios y atenciones. Y a pocos pasos, una enorme extensión de arena lluvia, paseos interminables a la orilla y aguas que juguetean con la gama cromática del turquesa al esmeralda. Allí cabalgaba sobre las olas el mítico campeón del mundo de kite surf Mitu Monteiro y muchos niños aprenden a surfear incluso con trozos de madera pulidos. Al otro lado del puente de madera, la playa acoge un gimnasio al aire libre donde admirar los cuerpos de hombres y mujeres que parecen cincelados por el propio Miguel Ángel y disfrutar con sus logros gimnásticos.
Comer pescado es de obligado cumplimiento. Pero se recomienda aún más ver en directo cómo lo desembarcan los esforzados pescadores y cómo unas maravillosas y habilidosas mujeres lo limpian en el mismo puente dique de madera, el pontao. Eso en sí mismo ya es un espectáculo. El viajero encontrará una amplia oferta de bares y restaurantes, muchos y de todas las categorías (locales con música en directo, como el popular Ocean Café). Como un recuerdo que lleve siempre en el paladar, pida cataplana, un delicioso guiso de pescado y mariscos, o el atum grelado siempre con un arroz perfectamente cocido. Refrescos locales, vino blanco de la isla de Fogo y cervezas locales le transportarán al paraíso gastronómico local.
Mientras recorremos las calles empedradas o de tierra de la capital pequeña y asequible, disfrutamos de casas de madera pintadas con colores chillones que a veces pueden llevarnos a creer que estamos paseando por alguna isla del Caribe.
Esas calles y locales están llenos también de tiendas de artesanía y ropa ligera. Preste atención a la maravillosa creatividad de estos artistas y dese un capricho, a la vez que apoya a la industria local. En el mercadillo encontrará a animosas vendedoras como Katherina, con collares preciosos, pulseras, piedras y ropa suficiente para mimetizarse con el entorno.
Si le queda tiempo y desea darse una escapada por la isla, mi sugerencia es parar en casi cada aldea y recorrerla tranquilamente. Pero si va a tiro hecho, apunte bien al menos dos escalas: las salinas de Pedra Lume, en el interior de un cráter y a tres metros por debajo del nivel del mar, y el Ojo Azul, un fondo marino que brilla y crea un efecto visual precioso.
Una última advertencia: la isla de Sal y Cabo Verde en general son adictivas. Es muy posible que en el vuelo de vuelta ya esté planeando cuándo volver. Le esperamos.










