Por Vega Cabrera

Surge de las aguas del Atlántico con sus paisajes imposibles y su naturaleza explosiva, con sus arraigadas tradiciones y sus pueblitos de postal. Madeira, la perla del Atlántico, ostenta la capitalidad del archipiélago homónimo, cinco islas de las cuales solo dos están habitadas -la que nos ocupa y Porto Santo-. A solo 500 kilómetros de la costa de África, y a 1.000 de Portugal, entregarse a descubrir sus bondades es perderse por retorcidas carreteras que recorren su irregular orografía hasta alcanzar miradores excepcionales y praderas envueltas en la niebla, espesos bosques de laurisilva y playas que revelan su origen volcánico.

Cualquier viaje a la isla de Madeira debe arrancar en Funchal, su capital, el centro comercial, turístico y cultural del archipiélago. En la zona Velha, el casco histórico, lucen calles empedradas y las coloridas puertas de la rúa Santa Maria, convertidas en radiantes obras de arte por más de 200 artistas. A una visita a la catedral gótica de la Sé seguirá una incursión en el mercado de Lavradores, un edificio de estilo art déco y modernista repleto de puestos de exóticas frutas y flores, pescados y suvenires. Blandy’s, a un paso, es la histórica bodega de más de 200 años en la que conocer los secretos, entre vetustos barriles, sobre los afamados vinos madeirenses.

Subir hasta lo más alto de Monte en su teleférico permite visitar el vergel que es el Jardín Tropical Monte Palace Madeira y probar una de las actividades más adrenalíticas de la isla: deslizarse a toda velocidad por las empinadas cuestas en un tradicional carrinho do cesto conducido por dos carreiros, señores que, ataviados con sombrero de mimbre y botas con suela de goma, son expertos en el manejo de ese trineo ya usado en el siglo XIX y con el que salvan 500 metros de desnivel en solo diez minutos.

Más allá de Funchal, en rincones como Câmara de Lobos, el ritmo se ralentiza y la vida transcurre entre coloridas barcas de pescadores, partidas de cartas frente al mar y brindis a base de poncha. Una estampa que compite en belleza con las vistas desde Cabo Girão, cuyo mirador, una plataforma de vidrio suspendida sobre acantilados a 580 metros de altitud, es pura fantasía. 

Las piscinas naturales de Porto Moniz, formadas por lava expulsada miles de años atrás y solidificada al entrar en contacto con el mar, son el gran atractivo del norte. También la playa Seixal, cuya arena negra contrasta con el verde de los acantilados y el intenso azul del Atlántico.

La naturaleza domina también las entrañas de la isla, donde se despliega su famoso bosque de laurisilva, Patrimonio de la Humanidad desde 1999: 15.000 hectáreas -el 20% de Madeira- de húmeda selva subtropical donde abundan especies endémicas de la Macaronesia y por la que discurren, además, las famosas levadas, acequias que componen el sistema de irrigación por el que se ha transportado históricamente el agua a toda la isla. Sirven de guía para la práctica del senderismo. Rutas como la Levada do Moinho o la de Caldeirão Verde esconden cascadas, acantilados y pueblos encantadores. También el tercer pico más alto de Portugal, el Ruivo, de 1.862 metros, un lugar privilegiado -a menudo entre nubes- en el corazón de Madeira. Por si fuera poco, esta fértil tierra abraza también bodegas como Quinta do Barbusano o Quinta do Furao, en cuyos viñedos crecen hasta 20 variedades de uvas autóctonas plantadas a mano en los poios, terrazas dispuestas en las empinadas laderas de las montañas.

No puede -ni debe- faltar una parada en Santana, el pueblo famoso de icónicas casas de forma triangular y techos de paja pintadas de vistosos colores, antes de despedirse de la isla con una ruta por Ponta de São Lourenço, que se adentra en la península homónima abrazada por los fuertes vientos atlánticos. Una última mirada a este paisaje de excepción que confirma que así es Madeira: esbelta y fascinante, sublime y hermosa.