Texto por Galo Martín Aparicio

Fotos por Adobe Stock

Venecia no es una ciudad más. Es la ciudad entre todas las ciudades. La piedra de toque que dice el arqueólogo e historiador del arte Salvatore Settis que usamos para distinguir las cualidades de las demás ciudades. La Serenísima es una ciudad y unas islas encerradas en una laguna adriática que inspira y atrae. Tanto que el turismo de masas está haciendo que la ciudad pierda su memoria y se vacíe de venecianos, no de agua.

Venecia se ha convertido en una ciudad que millones de personas disfrutan unas horas sin hacer noche y que no visitan más allá de la plaza de San Marcos y las inmediaciones del puente Rialto. La pandemia ha vaciado de turistas sus calles, plazas y canales. Venecia, que parece un vagón de metro en hora punta, celebró su 1600 cumpleaños en la intimidad. El número de invitados que asistieron a esta fiesta silenciosa es el que marca el contador de la farmacia Morelli, en el campo de San Bartolomeo, una cifra que muestra a la velocidad que se vacía el centro histórico de Venecia. Un relato trágico que Salvatore Settis cuenta en Si Venecia muere (publicado por Turner y traducido por Nuria Martínez Deaño), un ensayo que es crítica, pero también una carta de amor, en la que valora la unicidad, la diferencia y la singularidad cívica y estética de Venecia. Para este autor, la ciudad corre el peligro de olvidarse, perder su alma y convertirse en lo que él llama la ciudad invisible. Esa ciudad en la que se navega más que se anda, esa ciudad lagunar que los primeros venecianos convirtieron en el refugio que no encontraron en tierra firme. Un refugio de madera y caña que se convirtió en la República-Estado de Venecia, en la que gracias al comercio de sal construyó con mármol y otros finos materiales iglesias y palacios de una belleza atemporal y universal: la basílica de San Marcos, la de Santa María de la Salud y el palacio Ducal, así como otros edificios que se suceden a lo largo del Gran Canal. Una ciudad, escribe Salvatore Settis, habitada en el pasado por nobles, mercaderes, artesanos, marineros, trabajadores de los astilleros y del vidrio (de la isla de Murano se exportaba a todo el mundo) y en la que convivían venecianos, eslavos, griegos y hebreos, así como curas, pintores, músicos, carpinteros y notarios. Hoy esa variedad es otra: unos pocos locales, un puñado de ricos que disfrutan de sus segundas residencias unos días al año y muchos turistas que desembarcan de esos rascacielos flotantes ofensivos que tienen, parece ser, las horas contadas para amarrar en el corazón de Venecia.

La ciudad de Venecia se asienta en una isla, dentro de una laguna en la que hay terrenos casi siempre emergidos, se les denomina barene, y más islas: Lido, Murano, Burano, Torcello, Sacca San Biagio, etc., todas ellas con sus plazas y campanarios, en el centro de un cordón litoral que la separa del mar Adriático. También hay islas abandonadas en las que solo quedan ruinas; Madonna del Monte, San Giacomo un Palude y San Giorgio in Alga. Esa topografía hace que Venecia no se entienda sin la Magistratura de las Aguas, institución creada en 1505 y que se ocupó de excavar canales y bocanas y de desviar acuíferos.

Por su condición acuática, en Venecia no circulan coches y sí navegan góndolas y el vaporetto de línea. Venecia también es ir de una isla a otra. Salvatore Settis dice que Venecia forma un todo no solo con el entorno de la laguna, sino con una vida cultural, artística, religiosa y económica que es acuática y terrestre (Marghera, Mestre y el aeropuerto de Tessera).

Venecia es una ciudad inventada y soñada. También muy mal copiada. Venecia es la idea de ciudad que se tiene cuando se piensa en el futuro de las ciudades: pequeña, peatonal, inteligente y bella. La mala gestión y el ansia de lucro son sus desgracias. Salvatore Settis escribe que si no queremos que Venecia desaparezca sepultada por esa otra idea de Venecia vacía de venecianos, todos debemos convertirnos en el pueblo de Venecia, en guardianes de su belleza y de su memoria.