Texto: Nicolás Orozco

Fotos: Shuttestock

Mauritania es uno de esos destinos que no dejan indiferente a nadie. Es uno de esos lugares que hay que vivir para entenderlos. Una vida, la de los mauritanos, marcada por la dureza del desierto y la hospitalidad de su carácter. Por la sequedad de la fina arena y la brisa del mar. Un ejemplo de todo ello es su capital, Nuackchot. 

Se ha convertido en una de las ciudades más grandes del Sahel y en la ciudad más poblada de Mauritania, con más de un millón de habitantes. Tiene una superficie de 1036 kilómetros cuadrados. Al igual que el resto del país, el día a día lo marca el termómetro. La cotidianidad va de la mano de las agujas del reloj. Las altas temperaturas obligan a que la mañana y la noche sean los momentos de más vida.

Como en muchas otras ciudades, pero en esta especialmente, el pulso de un lugar y de su gente lo trazan los mercados. Nuackchot se caracteriza por dos: el de la pesca y el de los camellos.

Sin aún haber salido el sol, los pescadores salen a faenar. Durante la tarde, cuando los colores del cielo se funden con los del océano, vuelven después de una jornada entera en altamar. Un espectáculo de embarcaciones de madera de colores llegando a una playa de arena blanca y donde se forman improvisados puntos de venta. Sin bajarse de la piroga ya algunos tienen las primeras ofertas. El objetivo es llevarse el pescado lo más fresco posible. 

El otro mercado es el de camellos. En este caso dromedarios, al tener una sola joroba. Divididos por tamaños, colores y tipos, son divididos y marcados por zonas. Una imagen difícil de olvidar. 

Otro de los imprescindibles de Mauritania es escuchar, vivir y entender el silencio del desierto. Especialmente en un país donde el del Sáhara ocupa prácticamente la totalidad del lugar. Con un coche 4×4, hay que seguir hasta la región Adrar. A los pies de una duna se puede disfrutar de una noche viendo las estrellas al calor de una pequeña hoguera, un té caliente y el cobijo de una jaima, una tienda tradicional de los pueblos nómadas del Sáhara, compuesta por grandes telas y postes de madera. En el desierto del Sáhara se entiende que aquello es lo más cercano a lo que siempre hemos conocido como un oasis.

Mauritania es el principal socio comercial africano de Canarias, una relación que se percibe con claridad en ciudades como Nuadibú o Nuakchot. En cualquiera de ellas no resulta extraño encontrar un bazar llamado Las Palmas o cruzarse con alguien que conoce el mojo o las papas arrugadas. Dos orillas que, sin ser conscientes, comparten más de lo que parece, unidas incluso por fenómenos como la calima. Que, cada cierto tiempo, recuerda lo cerca que está el continente africano (con países como Mauritania) y lo desconocido que resulta, a pesar de estar a unas dos horas en un vuelo Binter directo desde Gran Canaria. Un país que vive entre la inmensidad de las dunas y las olas del mismo océano que baña las ocho islas canarias.

*Binter conecta Nuakchot con Canarias cuatro días a la semana.