Texto: Cristina Fernández
Fotos: Rocío Eslava
Una brisa suave, con cierto toque salino, acompaña en el paseo obligado –y necesario– por las calles de Funchal. Un agradable recorrido que recuerda, tras doblar cada esquina, dónde nos encontramos: bañada por las aguas del Atlántico, la capital de Madeira es la puerta de entrada a una de las islas más bellas de este lado del mundo. Una urbe con carácter, ambiente e indudable belleza que delata su condición insular a cada paso.
Adentrarse en su historia invita a recorrer despacio la avenida Arriaga, con su calzada empedrada –tan típicamente lusa– y sus edificios emblemáticos. Aquí aguardan joyas como el Teatro Municipal Baltazar Dias o el Palácio do Governo Regional, mientras la escultura de João Gonçalves Zarco, descubridor de la isla en 1419, observa el ir y venir cotidiano. A escasos metros se alza la catedral de la Sé, la primera construida por los portugueses en territorio de ultramar, sobria y majestuosa.
Entender Funchal pasa también por saborear sus tradiciones. Hay que parar en los negocios de siempre, como Pharmacia do Bento, donde se sigue elaborando la tradicional poncha con el mexelhote, una curiosa herramienta de madera. Esta popular bebida, potente y aromática, se remonta al siglo XVIII y está hecha a partir de caña de azúcar y frutas exóticas como el maracuyá. No falta parada en Blandy’s, bodega de más de dos siglos de historia, en la que saborear sus vinos, uno de los tesoros gastronómicos de la isla, producidos con variedades muy específicas y siguiendo un proceso de envejecimiento transmitido durante siete generaciones. El toque dulce, en Fabrica Sto. Antonio, activa desde 1893, donde se preparan, como antaño, deliciosos bolos do mel de cana o bolachas de jenjibre.
Al alcanzar la Zona Velha, el ambiente cambia: avanzar por la Rua de Santa Maria es descubrir un museo al aire libre gracias al proyecto Arte de Portas Abertas, que transforma las puertas de las casas en lienzos llenos de color gracias al talento de los alumnos de la Escuela de Arte. El camino conduce hasta el animado Mercado dos Lavradores, de estilo art déco, donde aguardan las vendedoras de flores con sus puestos colmados de vistosas aves del paraíso, flor símbolo de Madeira, pero también tenderetes repletos de frutas y verduras, de artesanía local y de pescados como el peixe espada, especialidad de la isla.
Un funicular salva en apenas quince minutos el desnivel hasta Monte, a seiscientos metros de altura, regalando vistas sobre el anfiteatro natural que forma Funchal, desplegado ladera abajo hasta tocar el océano. Arriba, sin embargo, donde la más alta aristocracia construyó palacios y mansiones en el pasado, aguarda el Jardim Tropical do Monte, con sus setenta mil metros cuadrados y hasta cien mil especies de exuberantes plantas y flores. El preámbulo ideal a un fin de fiesta de lo más adrenalínico: el descenso en los tradicionales carrinhos do cesto, trineos de mimbre guiados por expertos carreiros que, vestidos con sombrero de paja y botas de suela de goma, nos devuelven al centro de la ciudad a toda velocidad en apenas diez minutos. Una experiencia tan insólita como inolvidable.


























