Por Aarón Rodríguez
Fotografías por José Chiyah Álvarez
En el noroeste de Tenerife, entre la Isla Baja de Daute y el Valle de Santiago, se interponen las montañas de Teno. Construido por los volcanes a lo largo de millones de años, surcado por profundos y estrechos barrancos, este espacio natural protegido alberga algunas de las joyas naturales más valiosas de la Isla. Así, los imponentes paredones de su costa acantilada dan cobijo a las últimas águilas pescadoras y los últimos lagartos gigantes de la Isla, mientras que en sus frescas y húmedas cumbres sobrevive uno de los mejores ejemplos de la umbría laurisilva macaronésica. La densa red de caminos y senderos con la que cuenta, utilizada por sus abnegados habitantes hasta tiempos muy recientes, proporciona el mejor medio de conocer sus rincones más emblemáticos. Uno de ellos, protagonista de nuestra ruta de este mes es, sin lugar a dudas, el Barranco de Masca.

Iniciamos el recorrido desde el caserío homónimo, una aldea conformada por viviendas tradicionales, que se alinean cuidadosamente a lo largo de cuatro pequeños lomos. Desde la plaza recorremos el Lomo del Medio hacia el Roque de Catana, hasta alcanzar a nuestra izquierda el camino que desciende, entre palmeras y bancales de cultivo, al Barranco del Mocanito, uno de los dos grandes afluentes que conforman el Barranco de Masca. Una vez llegamos al fondo del mismo, al pie del Morro de Las Mesetas, continuamos por él, adentrándonos poco a poco en un soberbio cañón, estrecho y oscuro, al cabo de kilómetro y medio alcanzamos Dos Barrancos, donde el caudal de Madre del Agua se une al principal.

Las vistas aquí son abrumadoras, el paso es cada vez más estrecho y las enormes paredes se elevan verticalmente cientos de metros hacia el cielo, dejando apenas una rendija para la entrada de la luz del sol. En este impresionante escenario, forjado por el fuego de los volcanes y labrado por la acción incesante del agua, uno se siente pequeño, muy pequeño. Avanzando, no sin cierta dificultad, llegamos al Morro de los Dragos, un promontorio rocoso al que se aferran, como náufragos en una lancha a la deriva, varios ejemplares de árboles dragón.

Poco después la naturaleza nos ofrece otro regalo cuando, tras un recodo del camino, nos topamos con la visión de una maravilla esculpida por el tiempo: El Agujero, un enorme arco de piedra que se interpone en nuestro camino como una ventana tallada por las manos de un escultor gigante.

Dejamos atrás la Piedra de los Ñames y el Andén de las Pardelas, y llegamos, tras apenas 5 kilómetros y de forma repentina, al mar. Nos encontramos en la Playa de Masca, una pequeña bahía que se abre paso en los descomunales acantilados de Los Gigantes. Desde aquí, la mejor forma de regresar es hacerlo en uno de los barcos que realiza el servicio de transporte hacia Puerto Santiago.






