Texto: Luca Saavedra
Fotos: Shutterstock
Eso que padecemos muchos, la opacarofilia, no es más que el amor, la atracción, la pasión por observar atardeceres y las puestas de sol. Porque a casi todos nos gusta detenernos ante ese momento en el que el día se acaba. Es la hora dorada, ese instante suspendido entre el día y la noche, un espectáculo que lo envuelve todo en otra luz. A los amantes de la fotografía, románticos o quienes saben detenerse a mirar, Madrid ofrece algunos de los mejores escenarios para concluir el día.
El templo de Debod es uno de ellos. Situado en el parque del Oeste, esta milenaria construcción egipcia se transforma al atardecer, cuando la luz dorada envuelve sus columnas y se refleja en el agua que la rodea. Llegó el momento. Nos quedamos en silencio, compartiendo esa calma con desconocidos que, como nosotros, han venido a buscar ese instante perfecto.
El cerro del Tío Pío es otro de esos lugares. Desde sus colinas, conocidas como las «siete tetas» por su forma, el atardecer se vive de otra manera. Desde lo alto, Madrid se despliega a nuestros pies y podemos admirar algunos de los edificios más icónicos de la capital. La gente se sienta en la hierba y espera a que caiga el sol. Nosotros hacemos lo mismo, viendo cómo la luz va cambiando sobre la ciudad hasta que el día se apaga poco a poco.
Un lugar que bien merece una pausa es el mirador de la cornisa del Palacio Real. Frente a nosotros, el Palacio Real y la catedral de la Almudena; debajo, el Campo del Moro y, al fondo, la Casa de Campo perdiéndose en la luz. Nos apoyamos en la barandilla y nos quedamos hasta ese instante preciso, viendo cómo el sol se cuela entre árboles y tejados hasta desaparecer.
Y si hablamos de parques, un clásico es el Retiro. Caminamos sin rumbo por sus senderos hasta acabar frente al Palacio de Cristal. Allí, en las escalinatas, nos sentamos y dejamos que la luz atraviese el edificio y se refleje alrededor. En otro punto de la ciudad, Madrid Río. Entre paseos, el Manzanares y puentes como el de Toledo, el ocaso se disfruta, y mucho.
Las terrazas son de esos planes que nunca fallan, y si son en las alturas, mucho mejor. Por eso no nos podemos perder los atardeceres que nos regalan muchas de ellas. Porque sí, ver caer el sol con una bebida en la mano y bien acompañados es uno de esos pequeños grandes placeres que Madrid siempre ofrece. En pleno centro, la azotea del Círculo de Bellas Artes sigue siendo ese lugar al que siempre volvemos.
Pero hay muchas más. Pasamos por la terraza del Hotel Riu Plaza España, por el Picalagartos Sky Bar o por el Gourmet Experience de El Corte Inglés de Callao y encontramos lo que buscamos, esa forma de transformar el horizonte de la ciudad en el mejor telón de fondo para cerrar el día.











