Por Natalia Barreto
Fotos Luciana Demichelis
Hay quien piensa que Madrid se vacía en agosto. Y es cierto que muchos madrileños aprovechan el verano para escapar unos días, pero quienes visitan la capital durante estas semanas descubren una ciudad diferente. Con menos prisas y más espacio para pasear, agosto invita a acercarse a uno de los rasgos más singulares de Madrid: su espíritu castizo.
Durante varios días, las calles de Embajadores, Lavapiés y La Latina se llenan de música, farolillos, mantones de Manila y vecinos que mantienen viva una tradición centenaria. Son las fiestas de San Cayetano, San Lorenzo y la Virgen de la Paloma, tres celebraciones consecutivas que convierten el corazón histórico de la ciudad en una gran verbena al aire libre. Entre chulapos, chulapas, organillos y chotis, Madrid muestra una de sus caras más auténticas.
Las celebraciones comienzan en Embajadores, donde San Cayetano da el pistoletazo de salida a unos días en los que la calle se convierte en punto de encuentro. Después llega San Lorenzo, que toma Lavapiés y llena de actividad uno de los barrios con más personalidad de la capital. El recorrido culmina en La Latina con las fiestas de la Paloma, las más populares y multitudinarias de Madrid. Allí, entre balcones adornados, música y trajes tradicionales, las costumbres vuelven a convertirse en protagonistas.
Pero el Madrid castizo no se limita a unas fechas concretas del calendario. Las verbenas son solo la puerta de entrada. ¿Qué encontramos al cruzarla? Una ciudad que conserva tradiciones, sabores y costumbres que siguen formando parte de su día a día.
Podemos comenzar la mañana bajo los soportales de la Plaza Mayor, acercarnos después a la Plaza de la Villa o recorrer las calles que conectan Sol con La Latina, donde cada esquina es perfecta para crear recuerdos.
También es un Madrid que se saborea. Está en el bocadillo de calamares, que forma parte de cualquier visita al centro; en un buen cocido madrileño; o en las rosquillas, que regresan cada verano con las fiestas populares.
Y, por supuesto, está en el aperitivo. Porque pocas costumbres resisten tan bien el paso del tiempo como la de reunirse alrededor de un vermú. Luego está la música. El sonido de un organillo sigue siendo capaz de transportarnos a otro tiempo y el chotis continúa ocupando un lugar privilegiado en el imaginario madrileño. Ver a una pareja bailarlo durante las fiestas de agosto ayuda a entender que algunas tradiciones no sobreviven por nostalgia, sino porque todavía forman parte de la identidad de la ciudad.
Quizá esa sea la clave de este Madrid: sus barrios, sus tabernas, sus plazas y unas costumbres que han pasado de generación en generación. Agosto simplemente nos brinda la oportunidad perfecta para descubrirlo.
Parada obligada
Parada obligada en la gastronomía castiza de Madrid es Los Gabrieles, que además conserva una de las más importantes colecciones de azulejos de Europa. De la mano del chef Ander Galdeano hay que disfrutar las mollejas, las croquetas y el bocatín de oreja guisada y crujiente.
Con acento madrileño
Viajar también es descubrir cómo habla cada lugar. En Madrid no tardaremos en escuchar que un restaurante está petado, que un plan ha salido mazo de bien o que algo es la leche. Y entre conversación y conversación aparecerán palabras como majo o chulapo, tan ligadas a la forma de hablar y de entender la ciudad. Quizá no volvamos a casa hablando como madrileños, pero seguro que alguna de estas expresiones se nos escapa más de una vez.










