Por: Loreto Gutiérrez

Fotos: Stock

Hay lugares en los que la historia se respira fuera de los museos. El Madrid de los Austrias es uno de ellos. Basta doblar una esquina, atravesar un arco de piedra o caminar despacio por una callejuela serpenteante para que ante los ojos del paseante aparezca, casi sin avisar, aquella antigua villa en la que en 1561 Felipe II instaló la corte, convertida en imán para nobles, funcionarios, comerciantes, artistas, mendigos, pícaros y aventureros.

El corazón del imperio que extendía sus dominios por medio mundo late en la plaza Mayor, gran escenario público, testigo a lo largo de los siglos de corridas de toros, procesiones, celebraciones reales y hasta autos de fe. En su lateral norte, la Casa de la Panadería resume el carácter del Madrid de entonces, menos solemne de lo que sugieren sus sobrios edificios de torres angulosas cubiertas de pizarra: mientras en la planta baja se despachaba pan al pueblo llano y en el sótano se alojaban las caballerizas, la planta noble estaba reservada a la familia real.

El paseo se adentra después en un laberinto de calles estrechas, plazuelas sombreadas, fachadas irregulares y viejos mesones: Casa Botín, abierto en 1725 e inmortalizado por Benito Pérez Galdós en sus novelas, se precia de ser el restaurante más antiguo del mundo y de ofrecer un suculento cocido madrileño. Salpican el barrio también iglesias y conventos, vestigios de una sociedad profundamente religiosa, que ponen el contrapunto a los locales de moda que hoy pueblan sus aceras.

Pero bajo el empedrado había otra ciudad que no se ve, un entramado de túneles que facilitaba el acceso de la familia real a distintos edificios. Uno de ellos unía el Alcázar (destruido por un incendio, en cuyo solar se levanta hoy el Palacio Real) y el convento de la Encarnación. Cuenta la leyenda que cuando la galería se inundaba, Felipe  IV la recorría en góndola en busca de una novicia a la que cortejaba sin descanso.

Callejear por la Cava Baja o la Cava Alta, trazadas sobre el antiguo foso que defendía la muralla medieval, y recorrer los rincones del barrio es adentrarse en aquel Madrid de comedias, intrigas cortesanas y ajustes de cuentas a punta de espada que Francisco de Quevedo convirtió en literatura. Conviene caminar con calma y sin perder detalle, como quien sospecha que cualquier fachada esconde un pasadizo secreto o el eco de un verso afilado.

COMO EN EL SIGLO XVII

Entre la plaza del Conde de Miranda y la calle del Codo, tras una fachada discreta, nadie abre cuando se llama al timbre, pero una voz sin rostro da a elegir entre pastas de almendra o frascos de mermelada, y un torno de madera gira para entregar el producto elegido sin que se vea a quien lo despacha. Es el convento de las Carboneras, donde las monjas de clausura elaboran sus dulces igual que hace cuatro siglos.

TODO A UN PASO

Si algo tiene Madrid es la facilidad para cambiar de escenario. En pocos minutos se puede dejar atrás el trazado histórico de los Austrias para ir de compras en la Gran Vía, visitar alguno de sus grandes museos o sentarse a la mesa de un restaurante y descubrir una gastronomía que convierte cada visita en una experiencia. Una ciudad para caminar, mirar y, sobre todo, disfrutar.