Texto: Natalia Barreto

Fotos: Javier Arboleda

A Murcia hay que llegar con los sentidos despiertos. Con curiosidad, dispuestos a recorrerla sin prisa. En pocos kilómetros el paisaje cambia, así que toca ajustar la mirada para que no se nos escape nada del secreto mejor guardado del Mediterráneo. Así que empezamos el viaje dejándonos llevar por ese brillo limpio que lo envuelve todo. 

Primero, el mar. El Mar Menor, esa laguna salada única en Europa, marca uno de los paisajes más singulares del litoral español. Cruzamos la Manga del Mar Menor, una franja de más de veinte kilómetros de arena que separa dos mares y que nos permite elegir entre la calma de la laguna y el Mediterráneo abierto. Y seguimos hasta el cabo de Palos, donde el faro vigila calas de agua transparente y uno de los fondos marinos más valiosos. Si queremos experimentar una de las mejores inmersiones, este es el lugar. Más al sur, Águilas nos recibe con largas playas y un casco urbano coronado por el castillo de San Juan.

Pero Murcia no se explica solo mirando al agua. Cartagena nos obliga a levantar la vista y mirar atrás en el tiempo. Fundada por cartagineses y convertida después en enclave romano, conserva en el Teatro Romano su gran símbolo. Caminamos entre murallas, fachadas modernistas y un puerto que sigue marcando el carácter abierto de la ciudad.

En la capital, Murcia se levanta junto al Segura con una silueta reconocible, presidida por la torre barroca de su catedral. Bajo ella, el centro histórico se recorre sin prisa. Paseamos por la Trapería y la Platería, donde comercio y patrimonio van de la mano, y nos detenemos en el Real Casino, cuyo patio de inspiración andalusí recuerda que esta ciudad fue cruce de culturas durante siglos. Muy cerca, el Museo Salzillo conserva la obra del escultor barroco más representativo de la región, y la plaza de las Flores concentra buena parte de la vida cotidiana entre terrazas y bares tradicionales.

Rodeando la ciudad y entrando en ella sin pedir permiso, aparece la huerta. Está ahí, como una presencia constante. El río Segura la atraviesa y las acequias heredadas de al-Ándalus siguen distribuyendo el agua y sosteniendo un equilibrio que explica buena parte de su identidad. Basta caminar por el paseo del Malecón para entender esa transición: a un lado la ciudad; al otro, la huerta.

El interior nos da otro matiz. Lorca, con su castillo dominando la llanura, recuerda su pasado fronterizo. Entre pinares y senderos, aparece la sierra Espuña; aquí nos calzamos las botas y seguimos alguna de sus rutas de senderismo. Y una última parada en el interior: en Jumilla, entre viñedos de monastrell, entramos en una bodega y hacemos una pausa. Copas en mano, toca brindar.

Y si algo termina de definir a Murcia es la mesa. La huerta marca el sabor: tomates, pimientos, calabacines y limones protagonizan recetas sencillas. El zarangollo, los michirones o el pastel de carne forman parte del recetario más reconocible, junto con el arroz en sus distintas versiones. En la costa, el pescado y el marisco ganan protagonismo. Una cultura culinaria ligada al territorio, sin florituras.

Y antes de partir, nos concedemos un último homenaje. Nos sentamos en una terraza del centro cuando la tarde empieza a caer, dejamos que el murmullo de la ciudad acompañe el momento. Es muy probable que, sin darnos cuenta, ya estemos pensando en volver.

UN OASIS JUNTO AL SEGURA

Nos adentramos en el valle de Ricote siguiendo el curso del Segura, entre palmerales y huertos que delatan su pasado andalusí. Durante siglos fue refugio morisco, y esa historia aún se percibe en el trazado de pueblos como Ricote, Ojós o Ulea. Recorremos senderos, pedaleamos entre acequias centenarias y, si el calor aprieta, nos dejamos llevar en kayak por el río. Y para quienes prefieren cerrar el recorrido bajando el ritmo, Archena ofrece una pausa termal en su balneario.