Por Natalia Barreto
Fotos Adobe Stock

Murcia tiene algo difícil de encontrar: una calma inesperada. Quizás sea la luz. O la presencia constante de árboles, jardines y paseos que hacen que la ciudad respire de otra manera. El Segura la atraviesa sin estridencias y, a su alrededor, se despliega una ciudad hecha para caminar sin prisa. El puente de los Peligros, uno de sus símbolos más reconocibles, nos recuerda precisamente esa relación histórica con el río. ¡Qué fácil resulta dejarse llevar!

La primera imagen suele esperarnos en la plaza del Cardenal Belluga. La catedral domina el espacio con una fachada barroca que cambia de tono según avanza el día, mientras enfrente el Palacio Episcopal completa una de las estampas más reconocibles de la ciudad. Pero Murcia no termina ahí. ¿Y si seguimos caminando?

A pocos minutos, el Real Casino de Murcia nos sorprende con su mezcla de estilos y salas casi teatrales; el Teatro Romea recuerda la intensa vida cultural de la ciudad y el Museo Salzillo nos abre las puertas al universo de uno de los grandes nombres del arte murciano.

Después aparecen otros rincones. El paseo del Malecón, antigua defensa frente a las crecidas del río; el jardín de Floridablanca, considerado uno de los parques públicos más antiguos de España; las callejuelas del entorno de Santa Eulalia o las plazas del casco histórico, donde la ciudad nos muestra una versión más íntima.

Y alrededor, siempre está la huerta. Ese paisaje de acequias, limoneros y cultivos que durante siglos ha definido Murcia y que todavía hoy sigue formando parte de su identidad. Basta alejarnos unos minutos del centro o contemplarla desde el santuario de la Fuensanta para entender mejor la relación entre la ciudad y su entorno. Desde allí, Murcia se despliega entre el verde de la huerta y las montañas que la rodean, regalándonos una de las panorámicas más bonitas del viaje.

Entre paseo y paseo llegan también las paradas, las gastronómicas. La plaza de las Flores concentra buena parte de la cultura del tapeo murciano, mientras las calles Trapería y Platería prolongan el recorrido entre comercios históricos y rincones llenos de vida. Muy cerca, el Mercado de Verónicas nos conecta con la huerta y el producto local, presente en sabores tan reconocibles como la marinera, el zarangollo, los michirones o los paparajotes.

Y si el itinerario del viaje lo permite, merece la pena ir un poco más allá y salir de la capital. Apenas a media hora aparece Cartagena, una ciudad abierta al Mediterráneo donde conviven más de dos mil años de historia. El Teatro Romano, el puerto o el legado modernista ofrecen un paisaje completamente distinto y una escapada perfecta para completar el viaje.