Por Irene García Felipe. Fotografías por Laura Turpín

Una costa recortada a base de viento y agua salada emerge de las rocosas profundidades del cabo de Palos. Las pequeñas islas volcánicas y calas que salpican la orilla esconden algunos de los tesoros submarinos más ansiados por los amantes del buceo: desde barcos hundidos a causa de sangrientas batallas navales hasta yacimientos arqueológicos de civilizaciones neolíticas.

Los primeros pobladores del cabo se establecieron en las dunas fósiles de las Amoladeras, entre el cabo de Palos y La Manga, hacia el 2850 a. C. Se trataba de un campamento neolítico estacional al que acudían para cazar y aprovechar los recursos marítimos. Más tarde, esta zona fue ocupada por los fenicios, quienes incluso levantaron un templo en honor de Baal Hammon, su principal deidad; más conocido en la mitología romana como Saturno, y en la griega como Cronos. Con la llegada de los romanos se comenzó a utilizar el término palus, que significa ‘laguna’, para referirse al cabo de Palos, dada su cercanía con las tranquilas aguas del Mar Menor, estancadas entre el Mediterráneo y la península Ibérica.

Adiós a los piratas

En 1554, y debido a los frecuentes ataques de los piratas berberiscos en la zona, el rey Carlos I ordenó erigir la torre de San Antonio. Sin embargo, fue Felipe II quien, en 1578, terminó la construcción y creó un plan defensivo para las costas. Durante años, esta torre hexagonal equipada con cañones de hierro fue uno de los principales baluartes contra las incursiones bereberes, hasta que en 1862 se derribó para reutilizar sus materiales en la construcción del actual faro. Con 51 metros de altura y planta cuadrada de dos pisos, se trata del segundo faro más grande de España, después de la torre de Hércules, en Galicia.

Escenario de batallas y naufragios

A pesar de la eliminación de la amenaza pirata, la costa del cabo de Palos ha sido testigo de numerosas batallas navales y naufragios. En 1906, el trasatlántico italiano El Sirio, que transportaba inmigrantes ilegales a América del Sur, chocó con el Bajo de Fuera y se hundió frente a las islas Hormigas, dejando cientos de víctimas mortales. En 1916, durante la Primera Guerra Mundial, el buque de carga inglés SS Standfield fue torpedeado por un submarino alemán para evitar la llegada de provisiones a la costa. De igual forma sucumbieron las naves SS Alavi, Doris, El Carbonero y SS Despina, que hoy se encuentran en el fondo del Mediterráneo.

Aunque, sin duda, la batalla más sangrienta se produjo durante la guerra civil. En ella se enfrentaron dos cruceros ligeros y cinco destructores de la Armada republicana contra dos cruceros pesados y uno ligero del bando franquista, resultando hundido el crucero pesado Baleares y dejando casi 800 víctimas.

Menos trágico fue el hundimiento de Naranjito, que transportaba un cargamento de naranjas en sus bodegas cuando el mar bravo hizo que el barco se diera la vuelta. Hoy en día se pueden explorar algunos de estos impresionantes pecios ubicados en la Reserva Marina del Cabo de Palos, que se extiende desde el faro hasta islas Hormigas.

Entre calas y acantilados

Bajo el agua hay auténticas joyas esperando a ser descubiertas; sin embargo, en la superficie también hay escenarios dignos de admiración. La costa del cabo de Palos se rodea de hermosos acantilados y tranquilas calas donde perderse. Entre las más famosas se encuentran la cala Mayor, la cala del Muerto, la cala Roja, la cala Túnez, la cala de la Galera o la cala Reona, además de la playa del Levante y la de Amoladeras, que se extienden hasta La Manga.

El paseo del Acantilado, que bordea toda la costa través de un sendero de tierra, pasa junto a las antiguas casas al borde del mar, ajenas a la ley de costas, y cerca de las escalerillas de piedra que descienden hasta las calas. Durante el recorrido puedes aprovechar para darte un baño en las cálidas aguas del Mediterráneo y parar, a la hora del almuerzo, para probar el caldero del Mar Menor, el platillo más famoso de la zona, a base de arroz y pescado.