Texto: Luca Saavedra
Fotos: Adobe Stock
Llegar a Murcia es encontrarse con una ciudad cercana, de esas que no abruman y se dejan conocer poco a poco. La huerta que la rodea, uno de los paisajes agrícolas más fértiles del Europa, no es un decorado, sino parte esencial de su identidad. Capital regional y punto de encuentro cultural, la ciudad invita a caminar sin prisas por su centro histórico, donde monumentos, plazas y paseos marcan un ritmo cotidiano muy ligado a su forma de vivir.
El corazón urbano late en torno a la santa iglesia catedral de Santa María, conocida como la catedral de Murcia, un edificio que reúne siglos de historia y estilos y se ha convertido en el gran icono de la ciudad. Frente a ella, la plaza del Cardenal Belluga es un lugar para detenerse, desde el que se contempla el Palacio Episcopal y se percibe la actividad constate de sus terrazas. Muy cerca, el Casino de Murcia sorprende tras su discreta fachada con interiores majestuosos, donde salones, patios y bibliotecas evocan la vida social de la burguesía murciana del siglo XIX.
Otra de las paradas conduce al real monasterio de Santa Clara, construido sobre el antiguo alcázar andalusí. En este enclave se conserva el pasado más antiguo de la ciudad, imprescindible para comprender sus orígenes musulmanes, aún perceptibles en cada rincón del centro histórico. Desde aquí, el paseo continúa hacia el Museo Salzillo, dedicado al escultor Francisco Salzillo, cuya obra conecta con una devoción profunda a su gente y su manera de sentir. La vida cultural se completa en torno al Teatro Romea, integrado desde hace más de un siglo en la vida cotidiana de la ciudad.
El olor cambia al acercarse al río. El Segura acompaña a Murcia desde siempre y, al cruzar el puente de los Peligros, la ciudad se abre y respira distinto. Desde el paseo del Malecón, la huerta aparece a un lado, cercana y extendida. Es fácil entender de dónde proceden muchos de los sabores que llegan a la mesa: ese vínculo con la tierra explica su cocina. La huerta no se contempla como un paisaje ajeno: está ahí, formando parte de la vida diaria y del ritmo murciano.
Plazas como la de las Flores, animada y siempre concurrida, permiten entender la manera de vivir la ciudad. Un espíritu que se percibe en la calle, en la hospitalidad de su gente, abierta y cercana, en su forma de hablar y de estar. Murcia es un destino que se entiende caminándolo y observándolo y que, sin grandes gestos, bien merece detenerse en él al menos una vez para descubrirla con calma.
EL MERCADO DE VERÓNICAS
El Mercado de Verónicas es el lugar ideal para llevarse un recuerdo de la huerta de Murcia. Uno de esos espacios donde la ciudad se muestra sin filtros. Junto al Segura, los puestos se llenan de frutas y verduras de la huerta, pescados del litoral cercano y productos de temporada, en uno de los enclaves más representativos de la ciudad. Pasear entre sus puestos es un auténtico lujo y permite percibir la estrecha relación entre Murcia, su territorio y su gastronomía.











