Texto: Juan Manuel Pardellas
Ilustración: Judit García Talavera
Un canario descubre en el Portobello de Londres una furgoneta en la que un jovencito rubio vende los discos que él mismo ha producido, grabado y editado. «Yo quiero ser como él». El de la furgoneta era el Richard Branson, de los inicios de Virgin, y el canario, Alberto González Segura (Santa Cruz de Tenerife, 1954).
Así nació Manzana (con un nombre que es un guiño al sello de los Beatles), una humilde tienda de discos que, simulando una elipse perfecta, se convirtió en un emporio musical que unió América y Europa a través de Canarias. La apasionante historia empresarial llena de triunfos y fracasos duró veintisiete años, una casualidad que Segura emparenta con otras grandes jóvenes estrellas de la música.
Su sello, Manzana, es historia de la música y duró veintisiete años. Y ahora se conmemoran cincuenta años de la inauguración de la primera tienda. ¿Qué recuerda de esos años?
Con solo veintiún años, fundé la compañía, inicialmente con un amigo de la infancia, Héctor Torrens. Franco no había muerto, pero ya se vislumbraba un mundo nuevo. Viví ese momento con una capacidad enorme de creer en el futuro. Hoy me pongo a pensar cuál es el futuro de la humanidad en este momento. Cuando empecé, todo era ilusionante. Ahora es mucho más complicado.
¿Cuál fue su mayor éxito en ventas? ¿Fueron Los Bajib, Los Sabandeños?
En ambos casos aciertas; son los grandes buques insignia de su estilo. Los Bajip de La Gomera fueron un éxito arrollador, grabaron cuatro casetes y se vendieron un millón de copias. Los Sabadeños, con dieciocho discos, también vendieron un millón de copias, una cosa descomunal. Luego vinieron Taburiente, Añoranza, Mestisay…
¿Hay algún artista, algún grupo que usted hubiera querido tener en estos veintisiete años y no pudo?
Nuestra obsesión era fichar a los grupos más importantes de Canarias y lo hicimos. Bueno, hubo un grupo de La Gomera que no tuvimos, Los Chaves. Y luego me hubiera gustado tener a Juan Luis Guerra. Hay una leyenda urbana que dice vino a Tenerife y le dijimos que no, pero eso es tan falso como que Mick Jagger se quita la sangre de todos los años en Japón.
¿Con qué recuerdo, con qué artista, con qué anécdota se queda de esta etapa?
Me acuerdo de una ocasión que Silvio Rodríguez vino a Canarias. Siempre venía a nuestras tiendas a comprar música. Me sorprendía mucho porque lo que él compraba era Pink Floyd, los Beatles, Yes y este tipo de grupos. Claro, yo pensé que para uno de los grandes poetas y músicos de la música latina, aquello le daba una visión mucho más cósmica y bella a su obra. La tienda estaba abarrotada de gente. Y Silvio es una persona muy vergonzosa. En aquella ocasión se llevaba más de treinta discos y, cuando empezó a bajar los escalones, la bolsa se rompió y los treinta discos volaron por toda la planta. La cara de Silvio era de color rojo.
Usted es el ejemplo perfecto de empresario que tocó el cielo, descendió a los infiernos y ahora ha resurgido como el ave fénix de su ceniza. ¿Qué lecciones extrae de una carrera tan trepidante?
Todas las lecciones posibles. La frase que tú me has dicho ahora es importante. Llegué al infierno, ya no puedo seguir bajando más, solo me queda una: o me quedo ahí o empiezo a subir. Me lo dijo también mi asesor fiscal. Y subí. Siempre he sido una persona optimista. Cerramos Manzana y creamos una empresa familiar, Impulso Records. Y lo primero que se nos ocurrió fue vender más de un millón de DVD de Martes y Trece; tuvo un éxito desmesurado. Lo que te ocurre en la vida pasa porque tú lo creas con tus pensamientos. Todo está en ti mismo. Tienes la posibilidad de rectificar lo que hiciste mal.
¿Por qué lo antiguo está viviendo una segunda juventud?
Se está produciendo un cambio de paradigma, con el que la tecnología está aplastando a lo humano. Creo que el ser humano tiene la mayor tecnología posible para vivir, desarrollar, curarse y hacer todo, pero nos han hecho creer que no. Si tú crees que eres capaz, lo vas a conseguir. Puede ser que haya un número de personas que quieran seguir siendo humanas. Por eso lo vintage. Porque conserva una calidez, una cercanía, un tocar, un interactuar que a mí me parece mucho más humano que lo otro. La inteligencia artificial para mí es una huida hacia la robotización de las personas. El problema está en decidir ser una persona con conciencia. Si eres consciente, si sabes quién eres y por qué estás aquí en la Tierra, entonces tienes muchas posibilidades de que toda la tecnología esté a tu servicio, no tú al servicio de la tecnología.






