Por Natalia Barreto y Juan Manuel Pardellas
Ilustración Judit García-Talavera
La conversación con Uclés lleva a querer saber su receta para convivir con la fama y convertirse en un personaje cada vez más conocido.«Pensar que mi obra es más famosa que yo. Eso me tranquiliza. Tener el respaldo de La península de las casas vacías, mi libro, con tantos lectores. Si fuera solo una fama sobre mí y no sobre una obra, me molestaría. Pero sabiendo que todo esto se debe a la novela, estoy contento. Lo que no me gusta de la fama es que critiquen cosas personales: mi forma de vestir, de actuar o de pensar, o que entrevisten a mis familiares».
Por favor, ayúdenos a gestionar mejor el tiempo: ¿cómo ha conseguido, con solo treinta y seis años, aprender cuatro idiomas –además de portugués, gallego y lengua de signos–, ser intérprete de alemán, francés e inglés, tocar cinco instrumentos, componer y participar en recitales, dibujar, trabajar en el extranjero, colaborar con numerosos medios de comunicación y publicar cinco relatos y cuatro novelas?
Durmiendo poco. Duermo una media de cinco horas al día y no tengo televisión en casa. Esas dos cosas ayudan a que las horas disponibles se multipliquen y a aprovecharlas mejor. Entre que le quito horas al sueño y a la televisión, saco mucho más tiempo.
En sus momentos de mayor lucidez creativa, ¿siente que está descubriendo algo que ya existía dentro de usted o más bien construyendo algo que antes no estaba en ninguna parte?
Más que descubrir algo que llevaba dentro, yo no hago una literatura muy introspectiva. Lo que hago es viajar, visitar lugares, recoger lo que me parece bello y llevarlo al papel, a la música o a una canción creativa. No saco nada de mí. Pasa por mi filtro, claro, pero lo que hago es rescatar cosas de otros lugares y entregárselas a la gente que no ha estado allí.
Ha cultivado muchas lenguas y disciplinas artísticas. ¿Hay alguna emoción o pensamiento que solo haya podido expresar plenamente en un idioma concreto o en un arte distinto de la escritura?
Me gusta mucho cantar en francés, incluso en inglés, porque tienen sonoridades muy bonitas. Diría que, para cantar, el inglés; y para hablar del amor, el francés, aunque suene un poco a cliché, pero es verdad. Y hay algo curioso con los insultos: yo no insulto a la gente, pero sí a mí mismo cuando me equivoco. A veces me insulto en alemán. Estuve dos años viviendo allí y me sale de manera natural.
Si su obra fuera una respuesta a una sola pregunta vital –una pregunta que le acompañe desde siempre–, ¿cuál sería esa pregunta que intenta responder cada vez que crea?
Mi pregunta sería ¿qué podemos hacer ante el abismo de la muerte? Y mi respuesta es disfrutar de la belleza y de las emociones. Las emociones te hacen olvidarte un poco de nuestra condición caduca y efímera. Te transportan a un lugar que no existe en realidad, porque lo único certero es la muerte.
¿Qué se lleva de este periplo por Tenerife? ¿Ha habido algún descubrimiento especial?
Todo. No había venido nunca a Canarias. Me gusta mucho la orografía y el paisaje. Conocía a su gente, porque conozco a canarios, y sabía que son gente sencilla y risueña, muy acogedora y agradecida. Aquí me lo han demostrado con creces. El próximo mes visitaré Gran Canaria y, antes de que acabe el año, quiero conocer Fuerteventura o Lanzarote.






