Texto: Francisco Javier Torres del Castillo
Director regional de Renta 4 Banco
Hay algo profundamente revelador en los ciclos que se repiten. Como el sol que cae más temprano en septiembre o el eco de las mochilas nuevas en los colegios.
La economía de nuestras islas también tiene su propio calendario. No está en el almanaque, pero cualquiera que viva aquí lo intuye: el bullicio costero de agosto da paso al repliegue de septiembre. Cambia la temporada, las terrazas refrescan un poco antes del atardecer y el comercio vuelve a mirar hacia dentro, hacia el residente, hacia lo cotidiano.
Y, sin embargo, cada año parece que nos sorprende. Como si no supiéramos que esto iba a pasar. Como si el final del verano no fuera parte del libreto.
Canarias vive entre estaciones, entre mareas y también entre los cielos. Y, en medio de esa danza constante, hay tres pilares que sostienen nuestra economía: hostelería, transporte y comercio. Son motores, sí, pero también barómetros: suben con el calor y bajan con la brisa que anuncia septiembre. Lo interesante no es tanto que esto ocurra, sino qué hacemos con ese conocimiento.
Porque, si lo sabemos, ¿lo usamos?
EL ARTE DE ANTICIPARSE
La atemporalidad, esa repetición cíclica que algunos ven como una condena, puede ser también una brújula. Lo que se repite se puede prever, y lo que se puede prever se puede transformar. Esa es la clave.
¿Qué pasaría si planificáramos septiembre con la misma intensidad con la que preparamos la Navidad o el invierno? ¿Y si en lugar de lamentar la bajada del turismo estival usáramos ese momento para formar, reajustar, preparar la próxima estación?
Porque, paradoja isleña, mientras la Península se enfría y recoge sombrillas, en Canarias, nuestra industria empieza a calentar motores. Aquí el verano arranca en noviembre. Cuando el norte de Europa se cubre de escarcha, nuestras playas comienzan a llenarse de piel blanca en busca de luz. En pocas partes del mundo septiembre suena más a entreacto que a final.
Las empresas seguramente ofrecen formaciones específicas en los meses valle. Las instituciones podrían apoyar con medidas fiscales a los pequeños comercios que sostienen los barrios cuando los turistas marchan a casa. El transporte, en vez de reducirse sin más, podría adaptarse a otras lógicas: la del estudiante, la del trabajador interinsular, la del producto local que necesita moverse entre islas.
UNA CULTURA DE LOS CICLOS
Aquí, el clima nunca cambia demasiado, pero los ritmos sí. La gente lo sabe. En las Islas, septiembre huele a regreso, a pupitres y facturas, pero también a tregua. En algunos pueblos, los guachinches cierran un par de semanas, los barcos de excursiones descansan antes de volver con los cruceros de invierno. Es como una pausa ritual. El cuerpo de las Islas, que ha estado trabajando para el visitante, vuelve a hablarse a sí mismo.
Convertir ese silencio momentáneo en estrategia es, quizá, lo más canario que se puede hacer. Aprovechar el compás del tambor para respirar antes del próximo golpe.
HACER DEL CICLO UNA ESTRATEGIA
Tal vez el gran reto no sea diversificar, sino leer con inteligencia lo que ya está ocurriendo. En lugar de luchar contra la estacionalidad, aprender a surfearla. Saber que habrá una ola baja, pero también que vendrá otra. Y que entre una y otra, hay margen para ajustar, reinventar, probar.
La economía canaria tiene algo de música: repite sus acordes, pero nunca suena igual. El visitante irá y vendrá. El comercio local resistirá como siempre. Y el transporte seguirá siendo un nervio vital entre islas. Lo que está en juego es cómo nos preparamos para cada compás.
Si septiembre es siempre septiembre, entonces tal vez sea el mejor mes para dejar de improvisar y también para volar.






