Texto y fotos: Juan José Ramos

La isla de Sal, en el archipiélago de Cabo Verde, esconde una gran cantidad de rincones de alto valor natural, mucho más allá de los conocidos enclaves turísticos del sur de la isla. Alquilar un coche o contratar una excursión en todoterreno en una de las empresas locales de ecoturismo es un plan perfecto para descubrir lo más salvaje de la isla. 

La pequeña isla de Sal, de origen volcánico como todas las ínsulas que forman parte del archipiélago de Cabo Verde, tiene una superficie de poco más de doscientos kilómetros cuadrados. Es una isla muy antigua desde el punto de vista geológico, un lugar donde la erosión ha actuado con dureza modelando el paisaje durante millones de años, hasta darle el actual aspecto desértico. 

Sal es una isla llana, formada principalmente por dunas, llanos desérticos y algunos conos volcánicos muy erosionados. Se encuentra rodeada de playas de arena blanca, bajíos costeros, pequeñas franjas acantiladas de pequeña altura y algunos conos volcánicos algo más altos con laderas pendientes que dan al océano, como son los de Rabo de Junco al borde de la bahía de Mundeira y Morro Leste en el noroeste.

En Sal existen un total de once espacios naturales protegidos, formados por cinco reservas naturales (Rabo de Junco, Punta de Sinó, Costa Fragata, Sierra Negra y Bahía Mundeira), dos reservas naturales (Morrinho do Açucar y Morrinho do Filho) y cuatro paisajes protegidos (Salinas de Pedra Lume, Monte Grande, Buracona-Ragona y Salinas de Santa María). La mayor parte de ellos son de pequeña superficie y no tienen gestión y protección real. Aunque no por ello carecen de interés y alto valor ambiental, por lo que las visitas deben realizarse de forma respetuosa y consciente, y si es posible en compañía de alguna empresa u organización ambiental que nos informe y minimice el impacto de nuestra visita al lugar.

Pedra de Luema es uno de los lugares más relevantes en el desarrollo de la isla y del archipiélago de Cabo Verde. Motivo de orgullo de toda la población de las islas. 

Las salinas han sido construidas sobre un antiguo cráter volcánico. Las obras para crear los calentadores, lugar donde se evapora el agua y se deposita la sal, fueron realizadas durante los últimos años del siglo XIX. Explotadas de forma activa durante décadas, la sal que aquí se obtenía fue usada para condimentar sabrosos platos en diferentes lugares de América, África y Europa. Hoy en día las salinas se han convertido en un auténtico refugio de vida silvestre donde se reproduce el chorlitejo patinegro, la cigüeñuela y ocasionalmente otras aves acuáticas. De septiembre a abril se pueden observar invernando numerosas aves migratorias provenientes del lejano norte que usan este lugar como sitio de descanso y alimentación.

En el extremo noroeste de la isla se encuentra Monte Grande, la mayor elevación de la isla con una altura de unos escasos 406 metros. Desde el punto de vista paisajístico es impresionante ver cómo sobresale del llano esta mole de lava volcánica. A sus pies se encuentra una de las mejores áreas de la isla para la observación de las ballenas yubartas, que frecuentan la zona durante la primavera. Con suerte se las puede ver realizar continuas apariciones en superficie, e incluso saltar muy cerca de la costa. Además, esta zona alberga importantes colonias de aves marinas, principalmente de rabijunco etéreo y pardela de Cabo Verde, un endemismo del archipiélago, todo un atractivo para los observadores de aves. 

En el sureste de la isla está la Reserva Natural de Serra Negra y Reserva Natural de Costa Fragata. Ambas están prácticamente unidas; se encuentran formadas por un pequeño conjunto montañoso donde sobreviven diferentes especies de plantas y algunas aves marinas. Durante los meses estivales en sus playas de arena se reproduce un importante número de tortugas bobas. Varios centenares de hembras de tortugas, tras desovar, dejarán la arena de la playa removida, cubierta de huellas que luego las mareas se encargarán de borrar como si nada hubiera sucedido. Unas semanas después los huevos eclosionan y de ellos nacen miles de pequeñas tortugas de color negruzco que muy torpemente se arrastrarán por la arena en busca del Atlántico, lugar donde crecerán viajando arrastradas por las corrientes marinas que surcan el océano. Solo unas pocas superarán las duras condiciones de vida. Pasada algo más de una década volverán a la misma playa que las vio nacer para desovar ya como adultas. Cabo Verde alberga uno de los principales núcleos de población de la especie y las únicas colonias de cría conocida en la costa este del Atlántico. En la zona trabajan varios colectivos locales en coordinación con algunas empresas que organizan visitas nocturnas para observar el desove de las tortugas y el posterior nacimiento de las crías.

En definitiva, la isla de Sal, mucho más allá de las bellas playas y zonas turísticas, encierra una incomprendida belleza y un alto valor natural y paisajístico que puede llegar a sorprenderte.