Por Enrique Areilza

Ilustración por Ilustre Mario

Mucha gente sabe nadar, pero no es capaz de tirarse de cabeza. No lo aprendieron por miedo al golpe, al ridículo. Algunas cosas solo se aprenden fallando. A veces se aprende más rápido fallando. Muchas cosas no se aprenden por miedo a fallar.

Hace unos años un posible cliente me hacía un interrogatorio para decidir si contratarnos o no. Largo y tedioso, pero con una buena enseñanza. Estaba yo tratando de explicarle nuestras mejores prácticas y exitosas experiencias, cuando me cortó en seco: “No, no, no, ya me imagino que las has tenido, no te habría invitado a presentarte si no lo creyera así. Pero para conocerte lo que quiero es que me cuentes tus fracasos”.

Cuánta razón. Todos queremos que nos aprecien o valoren, y para ello tratamos de parecer supranormales. Por eso contamos nuestras victorias o nos hacernos partícipes de las de otros. Me divierte escuchar a la gente cuando habla de la victoria de su equipo en un partido, o en la liga: “¡Hemos ganado!”. Eso sí que es optimismo, compromiso, orgullo de pertenencia y hasta trabajo en equipo. Todo desde el sillón de casa o la barra de un bar.

Sin embargo, los grandes aprendizajes provienen de grandes fracasos o de largas listas de pequeños fracasos. Sin intento no hay fracaso, está claro. Tampoco habrá innovación, mejora, descubrimiento, ventaja…

Por eso en EE. UU. valoran los fracasos, y mucho. Fracasa el que lo intenta: el innovador, el descubridor, el aventajado, el emprendedor… Los norteamericanos reconocen que los fracasos son las metas volantes hacia el éxito y adoran a los exitosos. Nosotros no; nosotros, como somos envidiosos, nos congratulamos del fracaso del vecino. Porque pensamos que es menos, es más torpe que uno. Idiotas, somos idiotas. Es todo lo contrario, ese torpe está un paso, dos, tres o quinientos pasos más cerca del éxito que tú.

Una pregunta típica en una entrevista de selección es: “Por favor, dígame tres de sus puntos fuertes para desempeñar este trabajo”. Los entrevistados responden con mayor o menor celeridad, pero siempre lo hacen con tres o más supuestos puntos fuertes. La siguiente pregunta típica es: “Dígame ahora tres puntos débiles para esta posición.” Aquí siempre tardan más en responder. A veces hasta hay que animarlos, varias veces. Lo que no cambia es que de la respuesta puede deducirse que una de las debilidades universales es: “Bueno, quizás sea demasiado exigente conmigo mismo”. ¡Tócate las narices! Demasiado exigente conmigo mismo. ¿Se lo dirán sus abuelas? Date un paseo por una universidad china o coreana y entonces hablamos de autoexigencia. Claro que, por otro lado, un exceso de autoexigencia se relaciona de forma inversamente proporcional con correr riesgos para la mejora. Claro, si soy muy autoexigente cualquier cosita que no sale niquelada será un desastre pata mi nivel de crítica, autocrítica. Y eso podría ser un freno. Volviendo a la entrevista, mejor no diga eso de la autoexigencia. Claro, que no responder nada también se identifica como negativo, ya que significaría un bajo autoconocimiento o un montón de debilidades escondidas. Vamos, que hay que conocerse para saber que te vas a equivocar, porque la equivocación será algo menor y menos dolorosa.

 

 

En el caso de los jefes hay muchas acciones que hacen mal por temor al fallo, o incluso peor por temor a fallar de forma recurrente. Una muy pero que muy típica es no despedir a una persona incorporada de forma reciente, simplemente por reconocimiento implícito del fallo en la elección o en la selección. O incluso por el miedo a fallar de nuevo. Error por omisión o lentitud. Si ha salido mal, arréglalo de inmediato. Les cuento una forma que me sorprende para bien. El consejero delegado de uno de nuestros clientes lo tiene claro y ciertamente nos ilustra con sus acciones. Cuando entiende que alguien no debería estar porque no hay futuro en la relación, le dice con calma y una sonrisa: “Mengano, yo entiendo que ahora te sientas mal, que sufras, y lo siento, puedo empatizar contigo. Pero en un tiempo te darás cuenta y coincidirás conmigo en que cuando algo no va bien lo mejor es dejarlo cuanto antes para así poder encontrar algo que sí que vaya bien”. Esa alta capacidad de liderazgo y de mentor me recuerda a George Clooney en Up in the air, película en la que recrea a un ejecutivo killer cuyo trabajo es despedir a gente. Aun en esa difícil tarea encuentra buenas razones para que las personas damnificadas vieran una cierta luz de oportunidad. Esa escena genial del señor que en su pensamiento íntimo lo que quería era montar un restaurante y se había pasado la vida en una oficina…

Tirarse de cabeza la primera vez requiere de cierta dosis de coraje, lo mismo que la toma de decisiones. Es curioso que a veces nos quedemos paralizados ante una decisión, aun siendo superconscientes de la paradoja de que no tomarla es en sí una muy mala decisión.

Y para acabar, diría que hay que equivocarse y, si sale mal, pues eso tan nuestro de “a lo hecho, pecho”, si bien mejor pecho con cabeza.

Citas ilustrativas: “O aprendemos a fallar o fallamos al aprender”, Tal Ben-Shahar (profesor en Harvard); “Todo fracaso es el condimento que da sabor al éxito”, Truman Capote (escritor estadounidense adoptado por un emigrante de La Palma en 1935).

* Dream Team Executive Search.