Por Carlos Fuentes
Entre la panoplia de cafés, cafetines, restaurantes y timbiriches que sobreviven en la cada vez más moderna ciudad de Casablanca, el añejo bar-cabaret Don Quichotte marca un hito en la historia de la vida social de la capital económica del reino de Marruecos. Situado estratégicamente a la entrada de la medina antigua, a tiro de piedra de la añeja puerta de Marrakech, la sombra constante de la torre del reloj ve pasar las horas en el bulevar que lleva el nombre del marfileño Félix Houphouët-Boigny. Entre el ajetreo del tráfico, el ruido del tranvía recién estrenado y el ir y venir de vendedores y clientes al barrio amurallado.
Sin ser nada del otro mundo cuando brilla el sol, apenas un café más con cierto encanto antiguo y terraza pinturera a la sombra de una arcada diseñada en 1937 por el arquitecto franco-argelino Pierre Jabin (que siete años antes había entregado la obra del modernista cine-teatro Rialto), el café Don Quichotte se convierte cada noche en un cabaret venido a menos, como el segundo hogar que fue de poetas y diletantes. Hoy es puro espejismo.
Al amanecer, la vida de Casablanca, la ciudad que refundaron los portugueses en 1515, vuelve a su ritmo cotidiano doblando la esquina. Junto al bulevar de filas paralelas lleno de palmeras se enlaza con la plaza de las Naciones Unidas. Antes igual apetece un viaje en el tiempo por una de las tiendas de objetos tradicionales más antiguas de la ciudad.






