Por Álvaro Morales

Fotografías por José Chiyah

Es una de las postales de Canarias. De ahora y de siempre. Mítica. Imprescindible. Ha salido en varias películas, infinidad de documentales, publicaciones de todo tipo y es casi delito visitar Lanzarote y no pasarse por aquí para extasiarse con ese verde de tonos cambiantes. La laguna de los Clicos es una marca más del Archipiélago, pero su atractivo se multiplica al infinito si se atiende al entorno, pues, aunque ineludiblemente los ojos se van de entrada a este espectacular lago y el Atlántico parece achicarse en la comparativa, se encuadra en una no menos impactante playa, la del Golfo. Una cala que, con mar bueno, agravaría el delito si no la aprovechamos para abrazar y penetrar el océano como se merece. Encima, el pueblito anexo regala restaurantes donde degustar más delicias en una isla irrepetible.

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Si habláramos de visitas fugaces, Lanzarote se puede recorrer en un día, pero son tantos los sitios que merecen semanas, meses, casi años para embeberlos bien, para dimensionarlos en su integridad no distorsionada, que casi nos llevarían a la melancolía. Uno de esos parajes es, sin duda, la zona del Golfo, la laguna de los Clicos, conocida como lago verde, y la playa anexa. Enclavado en el municipio de Yaiza, al suroeste, junto a uno de los espectáculos volcánicos más impresionantes e inolvidables del mundo por extensión, un silencio solo alterado por el fuego telúrico que estornuda y con una paleta de negros, ocres y grises que inmortalizó el genio de Manrique, este rincón es imprescindible si alguna vez se quiere presumir de conocer las Islas.

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Llegar resulta fácil. Basta coger desde el principal núcleo de Yaiza siguiendo la cartelería que señala El Golfo o recorrer la espectacular costa desde Playa Blanca. En pocos minutos en ambos trayectos, alcanzamos una pequeña población junto al mar que, de entrada, nos regala un amplio terraplén para aparcar y, luego, restaurantes que miman los frutos del mar como merecen. Justo debajo de dicho aparcamiento, divisaremos una pequeña cala en la que los pescadores dejan sus barcas, pero la vista se irá enseguida, de forma inevitable, al frente y la izquierda. He allí una especie de anfiteatro labrado por la lava, el tiempo y el irrepetible pincel de la naturaleza. Formado por las erupciones de 1730, este espectáculo que abruma y sobrecoge, que inspira y multiplica las ganas de acercarse, regala un sendero digno del lugar. Un camino en el que, si no se tiene una cámara, se echa de menos. Una vía que va mostrando un lago verde que marca.

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Nos toparemos con una laguna de varios metros fruto de un cráter y de las filtraciones marinas, que antes mostraba unos mariscos comestibles llamados clicos extinguidos por tortugas soltadas en su día y cuyo verde cambiante se debe al fitoplancton que habita debajo. La playa, con áreas de arena y otras de diverso callao, es igual de increíble, pero, por una vez, queda achicada ante su hijuela verde. No obstante, y aunque siempre se debe cuidar uno mucho de las corrientes de esta vertiente de la Isla, con mar bueno resulta casi milagroso bañarse, pararse un rato a reflexionar y no amar un poco más la naturaleza, la vida y estos peñascos telúricos que llamamos Canarias.