Por Álvaro Morales

Enclavada junto a un espectacular acantilado del municipio de Puntallana, Los Nogales reúne sobrantes atributos para ser apuntada entre las excursiones prioritarias a la, por otra parte, sorprendente costa palmera. Con muchas similitudes a playas míticas tinerfeñas como Los Patos o El Arenal, representa una simbiosis casi perfecta de naturaleza abrupta, cuevas, largo pero atractivo paseo, grandes vistas del litoral norteño, entrantes de mar sugerentes si el oleaje lo permite y un colofón digno de repetición en forma de fina arena, amplias dimensiones en bajamar, zona nudista y baños de lujo si prima la precaución.

Foto: Álvaro Morales
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Como tantas otras playas canarias con la aureola de salvajes, Los Nogales en La Palma no deja indiferente. Más que de una excusa o meta para el baño, es una experiencia integral en una Isla más célebre por su Caldera de Taburiente y su monte que por sus zonas de baño que, sin embargo, sorprenden y rompen los prejuicios por cantidad y calidad si se indaga un poco. Los Nogales mezcla senderismo, naturaleza conservada, paseos placenteros con la brisa y el inconfundible aroma oceánico invadiendo cada paso y una preciosa playa de fina arena negra volcánica como remate a un no menos espectacular acantilado. Perteneciente al municipio norteño de Puntallana, esta cala se agiganta en bajamar y enriquece como pocas el listado de playas nudistas isleñas. La platanera cercana y otros cultivos, la carencia de edificaciones en su entorno, el verde creciente en invierno y primavera por las plantas en las paredes del acantilado, así como los atributos de toda playa norteña canaria cuando el mar se calma y el sol intensifica su huella en la fina arena componen un cuadro más que apetitoso. Irresistible.

Foto: Álvaro Morales
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Por supuesto, y como dejan ya claros varios carteles en diferentes idiomas junto al amplio aparcamiento existente, justo donde comienza la bajada, hay que extremar el cuidado por el oleaje y las corrientes. Por eso, resulta recomendable limitar los baños a la orilla cuando el peligro es evidente, algo que ocurre buena parte del año, si bien la presencia de socorristas en verano minimiza los riesgos en esta estación. Llegar hasta el aparcamiento no resulta muy complicado si se sigue la señalética que orienta sobre cómo llegar a la playa. Pese a las curvas del tramo final, que al mismo tiempo permiten vistas y fotografías sensacionales de la costa norteña que sigue hacia San Andrés y Sauces, la vía de acceso no presenta dificultades mayores y sí un pavimento aceptable. Desde el estacionamiento, y en un recorrido de 20 a 30 minutos, según la forma en que se esté o las ganas de detenerse y degustar el entorno, se llega a una playa que, seguro, invita a volver más veces. Muchas, incluso.

Foto: Álvaro Morales
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Por el camino, se suceden a la izquierda algunas bellas concavidades de grandes dimensiones por un acantilado que combina infinidad de ocres y grises y que esconde la playa justo hasta casi el final, cuando se dobla el último cabo; como dejándose querer, como aumentando el misterio y el placer final. Ese cabo presenta gran rompiente de mar y contrastes atrapadores si el oleaje se amansa. En la parte final del camino antes de bajar a la arena, resulta inevitable girar el cuello a la derecha para admirar ya el Atlántico que descansa en la planicie negra, no sin antes regalar olas que, en muchos casos, son disfrutadas por surfistas o bañistas que las contemplan seguros o las atraviesan intrépidos.

Foto: Álvaro Morales
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La pared del acantilado principal enriquece el panorama con su flora y fauna características. Si bien en verano la afluencia de bañistas y las dimensiones de la cala aumentan considerablemente, el resto del año se incrementa también la sensación de soledad, de naturaleza pura, limpieza y simbiosis absoluta casi con la existencia. La fría agua del invierno y primavera da lugar a una creciente temperatura veraniega y en otoño, aunque menor que en otras zonas de baño del Norte más protegidas y sin tanto oleaje. Sin embargo, los grados son suficientes para disfrutar de prolongados baños contemplando el acantilado, jugando con las olas y cuidando siempre, por supuesto, las corrientes y mareas. La zona nudista, indicada con un disco, resume el halo alternativo de una de las playas salvajes ineludibles en cualquier listado riguroso de Canarias. Solo falta que lo comprueben.