Por Rafael Rodríguez Santana

A veces me piden que escriba sobre lugares y países que he visitado, en los que he estado de viaje trotando, fotografiando y aprendiendo. A veces las descripciones de esos lugares son fáciles de hacer, son las descripciones objetivas de las experiencias que he vivido, de los paisajes que he recorrido y fotografiado y de las personas con las que me he relacionado, incluso convivido. Pero a veces esos encargos me parecen tareas casi imposibles porque hay sitios que son muy difíciles de describir y muy fáciles de sentir y vivir. Ese es el caso de Gambia, que se muestra al extranjero como un país amable, de tierra generosa y solidaria, muy humano y poblada por gentes que afrontan la vida con una alegría que se contagia.

La famosa frase “Gambia, no pasa nada”, que te repiten una y otra vez los gambianos, resume un modo de vida que es digno de admiración. El tiempo transcurre de una manera que da la sensación de que los días son muy largos. Viajar por Gambia conlleva vivir acontecimientos de lo más variopintos y estar montado en una montaña rusa de sensaciones que terminan integrándose en una especie de tranquila normalidad. Pasan tantas cosas… y muchas veces no pasa nada. Esto es Gambia. En Gambia nunca hay prisa, pero es un buen lugar para esperar no se sabe el qué. Hasta en la espera se disfruta.

Foto: Rafael Rodríguez
Foto: Rafael Rodríguez

Gambia es un país muy pequeño, situado en la costa atlántica de África y totalmente rodeado por territorio de Senegal. Su superficie (11300 km2) viene a ser como un tercio mayor que nuestro archipiélago (7447 km2) y está habitado por menos de dos millones de personas (1.824.000), algo menos que la población canaria. Además de pequeño es pobre, a pesar de la cantidad de recursos naturales que tiene y explota. Salvo los manises y los anacardos, que junto con el turismo son la base del negocio de exportación y de ingreso de divisas, la mayoría de lo que produce Gambia es para consumo interno en una red basada en la economía de subsistencia. Nadie pasa hambre y la vida se desarrolla día a día. No hay lujos pero aprovechan lo que la naturaleza les ha puesto a su disposición de una manera muy altruista y eficiente.

Gambia es el país más llano del mundo (su montaña más alta es Red Rock, situada a una altitud de solo 53 metros sobre el nivel del mar) y se organiza alrededor de un gran rio: el Gambia. Nace al norte de Guinea y desemboca en Banjul –la capital del país–, tras recorrer y enriquecer más de 1.100 km. Pero solamente los últimos 500 km de su curso inferior discurren dentro del territorio de Gambia. Las aguas son cálidas incluso en invierno. Por ser tan llano, la fuerza del mar hace que el agua salada entre en el río  varios kilómetros y lo convierta en arenoso, turbio y salado. Durante la época de lluvias (entre junio y octubre), se desborda e inunda las llanuras circundantes, haciendo que la vida renazca y se enriquezca el suelo agrícola.

Foto: Rafael Rodríguez
Foto: Rafael Rodríguez

El transcurrir del Gambia ha sido el transcurrir de la historia de un país. El río cuenta la  historia de la época de la trata de esclavos, de la época colonial (Gambia se independizó de Inglaterra en febrero de 1965), de la época moderna y de su futuro como nación. Alrededor de él han convivido pacíficamente y en cooperación una amplia variedad de grupos étnicos. La tribu Mandinka, la más grande, seguida por las tribus Fula, Wólof, Jola y Serahuli. Históricamante, Gambia ha sido tierra de deseo de muchas potencias a lo largo de los siglos. Desde los portugueses hasta los ingleses, pasando por los alemanes, polacos o letones que fueron los primeros en establecerse en la Isla James, que llaman la isla del no retorno o la isla donde estuvo preso Kunta Kinte (que inspiró la popular serie de televisión Raíces) antes de ser vendido como esclavo en tierras americanas. Le llaman la isla del no retorno porque de ahí salían los esclavos y no volvían jamás. Y la visita a la Isla, en medio de un rio en calma, rodeado de silencio y las ruinas de las celdas donde eran recluidos antes de ser transportados para venderlos como esclavos, impresiona a cualquiera.  

Foto: Rafael Rodríguez
Foto: Rafael Rodríguez

El estuario del Gambia, en el océano Atlántico, tiene una anchura superior a los 10 km que se abren entre las poblaciones de Banjul, en el margen izquierdo, hasta la localidad de Barra, en el margen derecho. Estos dos puntos están conectados por una línea regular de ferry (desvencijado y que tarda lo suyo) y por una flotilla de pateras privadas que van desde un lado a otro del río. Son más rápidas y operativas porque solo transportan personas y equipajes. La mercancía o los vehículos atraviesan el río en el ferry.  Les puedo asegurar que cruzar el Gambia en una gran patera repleta de gente desde Banjul a Barra (o viceversa) es una de las experiencias más divertidas que he tenido nunca. Pocas cosas como esa.  Las enormes pateras no tienen el atraque en el muelle sino en las playas cercanas, donde fondean a pocos metros de la orilla, por lo que las operaciones de subir y bajar de la embarcación están a cargo de un ejército de muchachotes fornidos que cogen en volandas a los pasajeros y equipajes y los trasladan desde la arena seca hasta introducirlos en la barca. O los desembarcan. Un caos donde hay prioridades y orden.

En Gambia hay que disfrutar la capital, Banjul, y sus contrastes de naturaleza virgen, edificios caóticos y plazas destartaladas. Visitas casi obligatoria son la mezquita y el peculiar monumento Arch 22, una gigantesca puerta (que alberga un museo etnográfico) levantada en medio de la ciudad  para conmemorar el golpe de Estado incruento que dio el actual presidente en 1994, erigida también como símbolo de que alguien, aunque fuera él, ordenara, por fin la construcción de una carretera decente. Se sube en ascensor si hay luz y si no, a través de una larguísima escalera que lleva a una de las mejores vistas de la ciudad.

Foto: Rafael Rodríguez
Foto: Rafael Rodríguez

Para los gambianos y gambianas la compra y la venta es un medio de subsistencia. Son puros comerciantes y comercian con todo lo imaginable. Ejemplos lo tenemos en el mercado de Albert Market, el principal mercado de Gambia en Banjul, o el de Serrekunda, la localidad más poblada del país. Es un divertimento que no para ni durante el día ni durante la noche. Los mercados no cierran. Y seguramente en tu visita termines comprando una maravillosa tela en un almacén y haciéndote un traje, que posiblemente no necesites, en alguna de las sastrerías de al lado, regentadas tradicionalmente por hombres que son los encargados de coser. Yo ya tengo dos trajes completos y cada miembro de mi familia tiene otro. Me encanta.

Gambia es río y es mar. Quizás por esa mezcla del agua salada y dulce hay una enorme abundancia de pescados de la que los gambianos dan cuenta a diario. Ver cómo llegan los pesqueros a las playas de Tanji, en la costa de Serrrekunda, cómo las mujeres se acercan a recoger el pescado, lavarlo, organizarlo, llevarlo a los secaderos, venderlo a la artesanal industria de ahumados es una experiencia inefable. A falta de neveras y de suministro eléctrico constante, muchos de los pescados se secan y se ahúman para conservarlos y terminan, junto con el arroz que se cultiva en las llanuras inundadas del río, formando parte de la despensa de casi todos las casas gambianas.

Foto: Rafael Rodríguez
Foto: Rafael Rodríguez

Dice mucho de la gente de Gambia que después de tanto sufrimiento de explotación y de expolio esclavo, mantengan ese buen humor que los caracteriza y que te trasmiten, esa paciencia infinita, ese saber estar en cualquiera de las circunstancias, esa alegría profunda por estar vivo y por vivir. Una simple lección de vida que quizás los occidentales deberíamos empezar a aprender. Y qué mejores maestros que ellos.