Texto: Cristina Fernández
Fotos: Selen Botto
Valencia, la ciudad del Turia y de la paella, la de Sorolla y el esmorzaret, no escatima en alegría y en ganas de vivir: abierta a un Mediterráneo que aquí se muestra esplendoroso, ha sabido combinar siglos de historia con una arquitectura de vanguardia, una gastronomía que presume de origen y un estilo de vida que invita a vivir al aire libre. No hace falta más que entregarse a sus encantos, dejando que el paseo improvisado marque la ruta, para comprobar que aquí siempre hay una terraza donde detenerse, un mercado donde dejarse tentar.
Un recorrido imbatible comienza en la plaza de la Virgen de la Ciutat Vella, el corazón histórico de Valencia, allí donde se alzan la real basílica de Nuestra Señora de los Desamparados y la catedral con su torre-campanario, el Miguelete, que ofrece una de las mejores panorámicas de la ciudad. A solo unos pasos se halla la Lonja de la Seda, obra maestra del gótico civil declarada Patrimonio Mundial por la Unesco y testimonio de la prosperidad comercial que hizo de Valencia una de las grandes capitales mediterráneas del siglo XV.
El Mercado Central es y será siempre el mejor lugar para tomarle el pulso a la ciudad: su deslumbrante estructura modernista, de ocho mil metros cuadrados, alberga el mayor mercado de productos frescos de toda Europa, con sus animados puestos de verduras y frutas, pescados y carnes, que son santo y seña de la terreta. Un lugar idóneo para practicar el noble arte del esmorzaret y sentirse, por qué no, un valenciano más.
Pasear por el barrio del Carmen es fundamental para descubrir esa otra cara de la ciudad más cotidiana: entre palacios, iglesias y murales de arte urbano, Valencia late a un ritmo más real. No hay que dejar de pasar por el antiguo cauce del Turia, que cambió su empedrado por kilómetros de jardines y carriles bici en los que los espacios verdes invitan a bajar aún más las pulsaciones. El camino, además, conduce hasta uno de los grandes símbolos de la Valencia más contemporánea: la Ciudad de las Artes y las Ciencias, obra de Santiago Calatrava y Félix Candela, es parada obligada.
Para concluir esta atractiva singladura urbana hay que ir, una vez más, hacia el mar. Allí donde se despliegan los barrios de El Cabanyal y la Malvarrosa, se respira la esencia marinera de tiempos pasados entre fachadas modernistas y mercados como Mercabanyal. Un lugar idóneo para disfrutar de una merecida paella con vistas al Mediterráneo: un broche final con el mejor sabor de boca.
LA ALBUFERA, UN PARAÍSO NATURAL
A menos de media hora del centro se halla uno de los paisajes más emblemáticos de la Comunidad Valenciana: el Parque Natural de la Albufera, un fascinante mosaico de arrozales, canales y lagunas en el que se siente como si en ese pedacito de territorio el tiempo discurriera a otro ritmo. La mejor manera de descubrir el humedal, uno de los más valiosos del Mediterráneo y refugio de numerosas aves migratorias, es con un paseo en barca tradicional al atardecer. Una experiencia que completar con una comida en la pedanía de El Palmar, cuna de la cocina arrocera valenciana: catando el excelente producto es como mejor se entiende por qué este espacio natural forma parte de la identidad de la ciudad.




















