Texto: Álvaro Morales
Fotos: Rocío Eslava

Como otros valles de Canarias, el de Güímar, en el sureste de Tenerife, muestra esa combinación no siempre edificante de naturaleza y rastros humanos que, al menos, ha respetado algunos parajes para la esperanza. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el Malpaís de Güímar, esa comarca que sirve de puerta al Sur tinerfeño, que incluye también a los municipios de Candelaria y Arafo, que va desde el pinar de la dorsal a unas contundentes aguas atlánticas que comienzan a amansarse con permiso del viento y cuyos contrastes se agigantan precisamente con este manto volcánico de oscuridad profunda.

Y es que, justo al lado, esta espectacular alfombra dejada por las implacables explosiones telúricas y los siguientes bostezos y caricias de lava conviven con la actividad de núcleos tan populares y dinámicos como el Puertito; los ruidos y la pulsión del amplio polígono industrial comarcal; con cimas preciosas, como montaña Grande, y las dolorosas heridas dejadas por encima de la autopista en forma de sangrantes excavaciones para alimentar el llamado «desarrollo» con más y más áridos.

Les presentamos un sendero para disfrutar de este malpaís, de este paréntesis respetado de naturaleza auténtica que, en realidad, son tres y que, sin duda, merece demasiado la pena. Les recomendamos que comiencen por el principal, el que parte del Puertito de Güímar y nos devuelve a nuestro punto de salida (la calle Almirante Cervera) tras un recorrido de 6,11 kilómetros que puede hacerse en unas tres horas. Con una dificultad media, este sendero circular nos hará casi besar el océano y subir a una cota máxima de 122 metros con muy buenas vistas y un desnivel acumulado de ascenso y descenso de 169 metros.

No obstante, lo mejor, sin duda, es lo que nos encontraremos en el trayecto, dado que esta Reserva Natural Especial, declarada zona protegida en 1987, reviste una importancia ecológica que necesita pocas explicaciones, ya que basta verla a lo lejos, desde la propia autopista, para que asalte esa necesidad imperiosa de parar, prepararse y adentrarse en ella para disfrutar de la llamada de la naturaleza, de su fauna y flora autóctona pese a ese inerte negro volcánico, los alientos del Atlántico y las caricias del viento.

Entre tabaibas, cardonales, la siempreviva y la lechuga de mar, los cerrillos, las aulagas y los múltiples tipos de líquenes, iremos atravesando un espectacular manto negro salpicado de ocres y aliñado con numerosos tubos y oquedades dejados por la lenta pero siempre triunfante lava, tal y como ocurre con la cueva Honda o la de Los Burros, con unos cien metros de largo y tramos de cinco de altura, aunque no visitables.

Por supuesto, el recorrido invita constantemente a parar y disfrutar de las vistas al mar, hacia el Puertito y la cordillera que separa Güímar del municipio de Fasnia, la dorsal y su monte (si montaña Grande no lo impide, claro) y la vertiente de Candelaria y el área metropolitana de Tenerife en el tramo final.

Sin embargo, también se puede enlazar con senderos anexos, como el que rodea montaña Grande o el que lleva al legendario núcleo costero de El Socorro y su pequeña playa, otro reclamo para disfrutar del mar más tarde, lo que también nos regala el Puertito. Pese a tanta huella humana, no todo está perdido, aunque quizás habría que replantearse el nombre y llamarlo Buempaís.

Naturaleza pura que lleva a un referente etnográfico clave

Uno de los muchos atractivos añadidos de este sendero es que, prescindiendo de hacerlo circular, nos puede llevar a un pequeño núcleo güimarero y una ermita que, más allá de creencias religiosas, encierra una imagen de una virgen y una romería que, según la tradición, es la más antigua de la Isla.

Decir El Socorro retrotrae enseguida a imágenes espectaculares de una tradición que congrega a miles de personas cada 7 y 8 de septiembre por la célebre Bajada, pero, en realidad, el poder de atracción de este rincón de la costa perdura todo el año, con su pequeña playita, su tranquilidad, su oferta gastronómica y la sensación de tiempo parado en medio del bullicio cercano.