Por Juan Manuel Pardellas
Ilustración Judit García-Talavera

En su despacho azul y blanco impoluto, bajo la mirada de dos grandes retratos de Cruyff y Maradona, Rayco García Cabrera (Santa Úrsula, 1986) confiesa su obsesión por mejorar la vida de los menores y los más jóvenes. A esas generaciones futuras llegadas a las Islas, el empresario que ha organizado partidos de Legends en medio mundo con las mayores figuras de la historia del fútbol les lanza un mensaje claro: «No hay nada más bonito que ser de aquí. Si hay ilusión, ganas y trabajan fuerte para ello, también lo pueden lograr. Ser canario es una bendición y ellos tienen que verlo así».

Una lesión truncó su carrera deportiva. ¿Cómo ocurrió y cómo superó tener que cambiar de sueños?

Fue un momento doloroso. Cuando te preparas para algo, quieres ser futbolista profesional y llevas toda la vida sacrificándote, tanto tú como tu familia, recorriendo kilómetros cada día para ir a entrenar, dedicando cierta parte de tu tiempo libre, que le puedes dedicar a estudiar o a otro tipo de actividad extraescolar, duele ver que no hay recompensa y que se escapa la guindita del pastel, que no es otra cosa que llegar al fútbol profesional.

¿Cómo hizo para reinventarse?

Quería dedicarme al mundo del deporte. Estudié Económicas, pero tenía muy claro que no me veía sentado en un despacho hablando de números, sino con el deporte. Descubro en mí una faceta organizativa y empiezo con campamentos de niños, campus de verano, casi por casualidad, porque me lo pide una persona y empecé a organizarlos. Eso me lleva luego a Beirut, en el Líbano, donde germina esa pasión por organizar torneos con niños y niñas, para fomentar la actividad física y el deporte. Ahí surgieron los partidos de leyenda. Hay un antes y un después cuando me piden un Barça-Real Madrid en Omán. Reconozco que era un lanzado: le dije que sí al ministro de Deportes. Desde que los jugadores se retiran del fútbol profesional hasta que se jubilan hay un espacio de veinte o treinta años que yo intuía que se podía aprovechar con aquellos que aún tenían un gran prestigio. Era la típica situación win-win para el jugador, los clubes, el organizador y el país donde se juegue. Empecé a ir con este tipo de partidos por todo el mundo, especialmente a aquellos países adonde los primeros equipos no llegan.

¿En qué momento exacto o quién le inspiró los partidos de leyenda?

Fue en Beirut, en el Líbano. Me encontraba una noche pensando qué podría hacer para llamar la atención de ese Ministerio de Deportes, que le pudiese cuadrar y que me pudiese contratar en aquel momento. Y pensé en la idea esa del Legends. Nada más y nada menos que jugadores del Madrid ante jugadores del Fútbol Club Barcelona. Eso todavía tenía un tirón mediático importante en todo el mundo.

¿Cómo llega un chico de Santa Úrsula a organizar partidos Barça-Madrid para presidentes y ministros de África y del Golfo?

Esa es la fuerza del fútbol. Vas allí para un campamento de niños, lo haces bien, el padre de uno de los niños trabaja en el Gobierno y quieren que hagas otras cosas diferentes, las haces bien… Y, sobre todo, me acompañaban personas como Johan Cruyff, como Patrick Kluivert, jugadores de talla mundial. El ministro o presidente quiere conocerlos, tú eres parte de esa delegación y, casi sin querer, te ves ahí con fuerza hablando, siendo escuchado por esas personas. La lección es que cuando tú cumples y haces un buen trabajo, dejas amigos para mucho tiempo.

¿Cuándo se plantea aterrizar en el CD Tenerife y ser su máximo accionista?

Parto de la base de que soy tinerfeño. Mi nombre es guanche, hasta donde llegan mis antepasados y mi memoria. Procedemos todos de aquí, somos gente humilde, gente trabajadora. Mi madre ha limpiado en un hotel, mi padre es cocinero, mi abuelo era el cartero de La Orotava. Para mí, el Club Deportivo Tenerife, más que un club de fútbol, ha sido mi formador; pasaba más tiempo aquí que con mi madre. Viniendo de padres separados, muchos en el club ejercieron la función de padre: me corregían, me daban consejos, me ordenaban mentalmente, que es algo en lo que yo insisto mucho ahora mismo en nuestros entrenadores de fútbol base. Eso lo sigo inculcando ahora: aparte de entrenadores, tenemos que ser educadores, formadores de esos niños para prepararlos para la vida.

¿Y cuándo decide formar parte de su dirección?

Veía el Tenerife desde la distancia. Esta isla tiene un potencial, mucho talento, como para tener un equipo en la élite. Somos un club de fútbol con ciento cuatro años de historia. Tenemos que tener muy claro que, para muchas personas, somos su alegría del fin de semana, su pasión, su palo que aguanta la vela ante las tristezas y la dureza de la vida. Y tenemos que estar aquí para llevar esto con mucha responsabilidad, con honorabilidad y siempre la cabeza alta, y ayudarles a que ese sentimiento siga vivo de generación en generación.

¿Cómo piensa trasladar lo aprendido de grandes dirigentes y deportistas al Tenerife?

Esto se tiene que llevar como una empresa. Por un lado, está el sentimiento, nuestro mayor activo, nuestra afición. Por otro, tiene que funcionar como una empresa, con buenas relaciones empresariales e institucionales. A la afición se la va a tener en cuenta siempre, es lo más importante y siempre va a haber un respeto y una línea que no podemos cruzar. Desde que hemos tenido paz institucional, las cosas están saliendo bien.

De todas las figuras que ha conocido en la élite mundial del fútbol, ¿de cuál recibió la mayor enseñanza?

No fue un dirigente, sino un entrenador y jugador llamado Johan Cruyff. Tuve la suerte de conocerlo, de ir a su casa, de ganarme un poco su amistad. Nacimos el mismo día, 25 de abril. Un día fui a buscarlo para un partido de leyendas en Tanzania, pero él tenía que estar en un torneo de golf en Marruecos. Y me dijo que no, que no podía. Estuvimos casi una hora hablando, pero cuando le dije que era de Tenerife todo cambió. Me impresionó cómo guardaba el nombre de la Isla en su corazón, lo de las dos ligas del 92 y el 93. Y de repente le dice a su mujer: «Este chico me ha caído muy bien; cancela lo de Marruecos, nos vamos a Tanzania con Rayco».