Texto: Carlos Bilbao

Fotos: Adobe Stock

Los corredores madrugan en la niebla. A media mañana, los turistas hacen cola frente al estanque, los músicos afinan sus guitarras ante el Ángel caído y los niños persiguen pompas de jabón. Después llegan los grupos de amigos con mantas y tápers, las familias que traen comida de medio mundo, los lectores que buscan un banco a resguardo y las parejas que reman sin prisa. Patrimonio de la Humanidad desde 2021 –junto con el paseo del Prado, en el conjunto del Paisaje de la Luz–, el parque del Buen Retiro se confirma como la gran plaza verde de Madrid, un microcosmos donde se cruzan todas las formas posibles de disfrutar la ciudad.

A pocos metros del tráfico de la Puerta de Alcalá y de museos como el Prado o el Reina Sofía, el visitante se encuentra un universo propio, quizás el espacio más democrático de la capital, abierto y transversal. Más de cien hectáreas de jardines, fuentes y estanques donde lo monumental convive con lo cotidiano. Cada jornada ofrece su coreografía, marcada por las huellas de la historia –avenidas simétricas, esculturas, pabellones románticos–, que se alternan con escenas actuales que brindan jóvenes haciendo longboard en la Chopera, clases de fotografía en grupo frente al Palacio de Cristal, pícnics con comida marroquí o música latina junto a la Rosaleda. Los fines de semana, las redes se llenan de selfis del estanque Grande y sus atardeceres dorados en pugna con el monumento de Alfonso XII. La estética del Retiro aporta una belleza sin filtros.

Para quien decida perderse en él, el parque se revela paso a paso. Un recorrido ideal comienza en la Puerta de Alcalá y avanza por el paseo de México hasta el estanque Grande, donde las barcas azules –tan demandadas que conviene reservar con tiempo– giran lentas sobre el agua. A una orilla se improvisan habaneras; a la otra, las terrazas del Florida Park recuerdan que aquí se come bien.

Desde allí, un sendero conduce hasta el Palacio de Cristal, cuya estructura de hierro y vidrio parece flotar sobre el lago. Más adelante, el Palacio de Velázquez suele acoger muestras temporales internacionales, mientras que la Casita del Pescador o los Jardines de Cecilio Rodríguez ofrecen rincones más tranquilos, ideales para escapar del bullicio.

Y si lo que se busca es cultura de altura, la Casa de Vacas o la Biblioteca Eugenio Trías son visitas siempre estimulantes. Pero tal vez la mayor sorpresa del Retiro sea su mezcla humana. Aquí se cruzan madrileños de toda la vida, visitantes y familias migrantes que han hecho del Retiro su punto de encuentro dominical, entrelazando múltiples lenguas y costumbres.

Los domingos, las mantas se extienden y las risas se funden con el olor a empanada, cuscús o tortillas caseras. Nadie organiza nada, simplemente ocurre. 

Cuando cae la tarde, el parque cambia de tono. Los corredores regresan, los músicos guardan sus instrumentos, las luces tiemblan en el agua. Un niño lanza un barquito de papel y, por un instante, Madrid se vuelve más ligera. 

Porque el Retiro no se retira: se reinventa cada día.