Por Saioa Arellano Fernández
Fotos Shutterstock
Rutas, tiendas y mercados donde el comercio local se convierte en una forma íntima de viajar y entender la vida junto al Cantábrico
Soy de las que piensan que las ciudades se entienden caminando. Algunas se descubren sentándose frente al mar; otras, entrando en pequeñas tiendas y hablando con quienes las sostienen. Santander contiene todos los puntos anteriores. Es una ciudad que se revela a través del paseo, del comercio cotidiano y de los objetos que pesan poco en la maleta pero mucho en la memoria.
Desde la plaza de Pombo hasta el Mercado del Este, el paseo se llena de estímulos. Pero si lo que le gusta es la gastronomía, tiene la suerte de estar viajando a un entorno donde la riqueza y la personalidad de sus materias primas se respiran en cada rincón. Una de las grandes razones de esta riqueza es la gran tradición que existe en torno a las conservas.
Otro de los grandes atractivos son las quesadas y sobaos, cuya cuna y origen se encuentra en los Valles Pasiegos. De esa zona también podemos encontrar otro atractivo: los quesos. Por toda la región podremos encontrar tres denominaciones de origen auténticas de la zona y que le dan un valor añadido al destino: el queso de nata, los quesucos de Liébana y el queso picón Bejes-Tresviso.
Por supuesto, uno de los lugares emblemáticos y con más autenticidad en las ciudades para encontrar lo mejor de cada lugar son los mercados, que en este caso completan la experiencia y conectan el paseo urbano con el territorio. En el Mercado de la Esperanza, el producto local marca el ritmo y la esencia santanderina: pescado del Cantábrico, quesos cántabros como los ya nombrados, los mejores sobaos y quesadas, conservas de anchoas de Santoña y bonito del norte. Otro de los mercados, el del Este, más pequeño y tranquilo, invita a detenerse y a elegir con calma productos que podrá consumir allí mismo, con la suerte de poder vivir una experiencia más completa.
Al final, uno entiende que Santander no se compra, no se camina, no se come en un solo día. Se descubre poco a poco, enlazando rutas, mirando a nuestro alrededor y conversando con gente local. Y queda claro que ir de compras en Santander no es solo consumir, sino una manera íntima de conocerla, recordarla y hacerla un poco propia, desde la calma, la curiosidad y el placer de elegir bien.
CAMINAR Y SABOREAR
Santander se descubre caminando y saboreando. Entre paseos frente al mar, pequeñas tiendas y mercados con historia, la ciudad revela una identidad marcada por el producto local: conservas del Cantábrico, quesos de origen, sobaos y quesadas que conectan el paseo urbano con el territorio y convierten cada compra en parte del viaje.









