Texto: Cristina Rodríguez
Fotos: Lhaura Rain
Crisol de culturas y rebosante de historia, Sevilla ha sido amada y vivida a lo largo de los siglos por tartesios y romanos, árabes, judíos y cristianos. Pueblos que no dudaron en dejar su impronta en cada uno de sus rincones a través de palacios y jardines, iglesias y hasta alminares, formando un puzle patrimonial que hoy abraza también el lado más vanguardista de la urbe.
Es por eso por lo que la capital andaluza deslumbra con su poderío y esencia sureña, desbordando a cada giro de esquina monumentalidad. Así lo demuestra el trío que componen el complejo amurallado del Real Alcázar, la catedral de Sevilla –la mayor de estilo gótico del mundo– y el Archivo de Indias, declarados en su conjunto Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. La Giralda, que tras la conversión de la ciudad al cristianismo en el siglo XIII cambió su función de alminar por la de torre campanario, asoma entre los tejados hispalenses demandando su protagonismo.
Este reclamo compite en belleza con el entramado de callejuelas que se despliega a sus pies: el barrio de Santa Cruz, que sorprende por rincones como la calle del Agua, la plaza de Doña Elvira o el Hospital de los Venerables, es un singular laberinto que invita a perderse. Considerado uno de los cascos históricos más grandes del mundo, aquí se instalaron los judíos tras la Reconquista.
Hay que admirar la magnánima plaza de España, maravilla regionalista del gran Aníbal González; la Torre del Oro, junto al Guadalquivir; y las famosas –y vanguardistas– Setas de Sevilla, del alemán Jürgen Mayer. Desde sus pasarelas se contempla todo un universo de espadañas que revelan una Sevilla prolífica, también, en iglesias: ahí están la del Salvador o Santa Ana, la basílica del Gran Poder o la Macarena. Al otro lado del río, el monasterio de la Cartuja, del siglo XIV, rememora los tiempos en los que acogió al mismísimo Cristóbal Colón: hoy tiene entre sus funciones alojar el centro Andaluz de Arte Contemporáneo.
EL LEGADO PALACIEGO DE HÍSPALIS
Sevilla cuenta con decenas de casas-palacio que son un reflejo de la versión más señorial de la ciudad. Abiertas al público, son el ejemplo de la más admirada arquitectura. Ahí están la Casa de las Dueñas, la Casa Pilatos o el Palacio de la Condesa de Lebrija, que conquistan con sus exuberantes jardines y majestuosos salones, elegantes patios porticados y cientos de obras de arte.










