Texto: Mari Carmen Duarte
El otoño traslada el encanto del verano atlántico hacia el interior. El mapa de deseos de A Coruña cambia el azul del mar y los colores de la costa por el verde intenso de la vegetación, los tonos ocres de las hojas que tapizan los caminos y el gris de las piedras que emergen entre los bosques. Y es que gran parte de la historia de esta provincia se escribió no solo con salitre, sino también con fe y naturaleza.
La regla benedictina ora et labora y la búsqueda del locus eremus impulsó a las comunidades monásticas a establecerse en lugares solitarios entre valles fluviales y tupidos montes. Allí, no solo alzaban sus templos de piedra, sino que también hacían suyo el entorno, modelándolo a su antojo. Este fenómeno que definió a Europa en la Edad Media también tocó el interior de esta provincia, donde, entre otros, se encuentran tres gigantes monásticos: Monfero, Caaveiro y Sobrado.
El monasterio de Santa María de Monfero está a menos de una hora de la capital coruñesa en un viaje que se adentra poco a poco en el amplio valle de prados, pinos y eucaliptos en el que destaca sin pudor. Sus tres claustros ahora en ruinas y dominados por la naturaleza, así como su bella fachada barroca ajedrezada de granito y pizarra, son una muestra del poder que los monjes tuvieron en este monumento ubicado a las puertas del bello Parque Natural de las Fragas do Eume.
En las profundidades de este último, un pequeño espolón rocoso sobre un meandro del río Eume dibuja el perfil del monasterio de San Xoán de Caaveiro. Para acceder a este cenobio, antaño vinculado a familias nobles y que no fue redescubierto hasta el siglo XIX, se despliega todo un universo otoñal de robles, castaños y helechos. Una de las rutas que llegan hasta este conjunto, en el que destacan la iglesia románica del siglo XII y el campanario barroco del XVIII, es la dos Encomendeiros, de apenas cuatro kilómetros.
Algo más al sur, en la comarca de Terra de Melide, una gran laguna medieval modelada por los propios monjes sirve de marco para el monasterio de Santa María de Sobrado dos Monxes. Fundado en el siglo X, fue una de las abadías más poderosas del país por su ubicación en el Camino de Santiago. Su fábrica barroca y renacentista muestra una iglesia colosal del siglo XVI con tres claustros y una espectacular cocina medieval gótica que lo hace único. Entre sus paredes se mantiene la vida monástica y la hospedería, que sigue acogiendo a los peregrinos en su recorrido hasta la capital.
LA RELIGIÓN AL SERVICIO DEL ENTORNO
El mapa de la religión y su poder en la Edad Media dibuja en A Coruña otras coordenadas, como uno de los monasterios más aislados de la región: el de San Paio de Albeos. Conquistado por la naturaleza, su llegada por carreteras secundarias es un viaje a la Alta Edad Media dominado por un ábside semicircular de estilo románico que aún aguanta en pie. Otro ejemplo es el de San Antolín de Toques, ubicado en un paraje bucólico junto al río Furelos que en otoño se tiñe de colores cálidos y del rumor de la cercana Fervenza do Furelos.
DOS ESCALAS Y UNA FE
En A Coruña, la piedra habla dos lenguajes: el monumental del Císter, con las colosales fachadas barrocas, y el humilde románico rural, donde los templos se mimetizan. El primero, presente en Monfero o Sobrado dos Monxes, es una declaración de dominio terrenal y de rivalidad con la nobleza. Sin embargo, el segundo, visible en Soandres o Seavia, utiliza la piedra del propio lugar y se viste de detalles y fe popular.


















