Texto: Juan Manuel Pardellas, Manuel Rodríguez Muñoz
Fotos: Selu Vega

Sevilla es una ciudad generosa, llena de luz, de alegría contagiosa, romántica, fotogénica, mágica; huele a azahar y, sí, tiene un color especial. Hay muchas sevillas en Sevilla, incluso si nos pilla la maravillosa lluvia del profesor Higgings: cuna de civilizaciones cuyos vestigios aún impresionan; sede del Archivo de Indias y, por tanto, del origen de la nueva América; sede también de dos exposiciones universales (1927 y 1982) que dejaron edificios, unos bellos otros casi fantasma. Moderna, con rascacielos desafiantes como la torre Pelli, y muy popular con calles, bares, tascas y tablaos de flamenco, cante, guitarra y coplas vibrantes, llenos de vida. Cada esquina tiene la foto perfecta, una locura impensable para los instagrammers. Bienvenidos a la capital inabarcable.

Impresiona al visitante el orgullo de los sevillanos por sí mismos, con esculturas y placas de cerámica por doquier dedicadas a sus vecinos ilustres o explicando la historia de cada muralla, monumento e iglesia, síntoma inequívoco de sabiduría popular y de respeto a los suyos. A los locales también comienza a abrumarles esta dana de turistas que ha asaltado los principales destinos del mundo, pero con suerte, manejando bien los horarios y callejeando fuera de los circuitos, Sevilla es aún mucho más sorprendente, rica y bella que las postales típicas. 

IMPRESCINDIBLES

Una primera visita a Sevilla es como fotografiar los cinco grandes en un safari. Hay que ver lo que hay que ver. Un punto a favor es que es una ciudad muy llana, ideal para caminarla. Le propongo un reto: aunque sea solo una vez, madrugue mucho y amanezca con la ciudad aún dormida, en solitario, rodeado de siglos de historia. Si no, hay otras fórmulas, como calesas tiradas por caballos, bicis, patinetes, tranvía, taxis y freetours peatonales de todo tipo. Hasta cruceros por el Guadalquivir y excursiones a Sanlúcar si se quiere. 

Como mínimo, el visitante nuevo debe apuntarse la Giralda, la catedral (la gótica más grande del mundo), el Alcázar (palacio real más antiguo de Europa), el Archivo de Indias, el emblemático y siempre imponente Hotel Alfonso XIII, el relajante parque María Luisa y sus pabellones de 1927 (escalar hasta el templete Gurugú ofrece un descanso magnífico). La escultura del arquitecto visionario Aníbal González abre el paso a la espectacular plaza de España, también de 1927, ahora escenario de todo tipo de festivales y de películas como Star Wars (es posible que coincida con alguna formación flamenca en directo), la Torre del oro, la plaza de toros de La Maestranza, el balcón shakespeariano de Rosina y la calle del Agua, que bordea la muralla del Alcázar y entra en la judería.

UN CIRCUITO DE MATRÍCULA

Para los afortunados que ya conocen esta capital y desean redescubrirla de otra manera, para los que buscan rincones especiales, lo auténtico, todo pasa por el callejón del Beso (el más estrecho de la ciudad) y los distintos patios de los naranjos. En la catedral, podemos emular a Indiana Jones y buscar el cocodrilo de madera, un bastón de mando, un colmillo de elefante y un bocado (o freno) de caballo, y averiguar por qué están ahí. Tras esta trepidante aventura, se puede pasear por la plaza del Cabildo y dejarse abstraer por los pintores y su arte. 

Callejear por el barrio de Santa Cruz y fuera del infinito show creativo de los souvenirs permite descubrir tiendas muy originales, auténticas, a medio camino entre lo moderno, lo tradicional y lo artesanal, de ropa, calzado, arte, abanicos e imágenes religiosas. Admire las cordonerías de la calle Francos y la antigua librería de Sierpes. En la fachada de la iglesia de San Pedro (calle Imagen) fíjese en un cuadro azulejo. Dice la leyenda que si encuentra los jilgueros…, ¡hay boda! 

Al otro lado del Guadalquivir, en Triana, nada más cruzar el puente, se levanta la escultura al maestro del toreo Juan Belmonte. En el hueco de su corazón se ve la Giralda. Es una de las fotos más curiosas de Sevilla. Recorrer la calle Betis o visitar la Macarena permiten entrar en la médula de Andalucía. Lo mismo ocurre con la real parroquia de Santa Ana y su original retablo con dos imágenes juntas y con el templo de La Estrella, con su cristo sentado. 

A pocos metros se recomienda visitar la Casa Montalbán, un viejo horno de cerámica convertido en restaurante, que conserva todos los recovecos del antiguo uso. Un auténtico y colorido homenaje a esta profesión tan creativa y colorista, al que sumar comida rica rica. Imprescindible por su trascendencia histórica, cruzando el callejón de la Inquisición y paseando por el margen del rio regresamos al centro.

Palabra de viajero. En cada estación del año disfrutará de una Sevilla distinta. La romana, la visigoda, la musulmana, la judía, la cristiana… Hay un universo flamenco, otro de pop y rock, otro de copas y afters. Imagínese usted en mitad de la Semana Santa, o en la Feria de Abril o paseando por los escenarios utilizados en producciones de Hollywood. Es la tierra de Velázquez y Murillo, de Bécquer, Cernuda, Machado, y de Manolo Caracol, y Carmen (de la ópera de Bizet), y…, y…, y…