Por Beneharo Mesa

Ilustración por Capi Cabrera

Omayra Cazorla (Las Palmas de Gran Canaria, 1988) es una humorista canaria que, como hace en su oficio, vaciló con nosotros nada más vernos. ¿Pa qué íbamos a entrevistarla?, «ni que fuese Beyoncé», nos espetó. Pero tras toda esa capa de humor, de –como ella misma dice– «bruta», yace una Omayra muy humilde y cercana a la hora de transmitir su modo de trabajo.

¿Cómo empezó en el mundillo del humor?

Yo estudié arte dramático y mientras lo hacía, en el tercer año de carrera, iba a ver a mis compañeros que hacían monólogos en bares. Y fue mi mujer la que me dijo: «Omy, ¿por qué en vez de ir a ver a tus compañeros no haces tus propios monólogos?». Y ahí fue el clic. Yo no me imaginé siendo monologuista y no lo soñé. Pensé que podía ser una muy buena opción, sobre todo para no estar haciendo castings [ríe]. Para moverme yo sola, por mi cuenta. Y al final funcionó.

¿Ha tenido momentos incómodos sobre el escenario?

Sí, he tenido situaciones así. Sobre todo porque a veces hay espectadores que no saben a lo que vienen. Ven un vídeo de Omayra Cazorla y se piensan que quizás es un humor muy blanquito o normal y tranquilo, pero luego es cierto que en los escenarios soy un poco… bruta [ríe]. Por decirlo de alguna manera quede bien. Soy muy kamikaze, voy a tiro hecho. Sí es verdad que cuando estás improvisando con un espectador y esa persona se siente incómoda, ahí ya cortas. Es el momento de hacerlo y seguir el texto por otro lado.

¿En qué formato se siente más cómoda haciendo humor?

Me siento muy cómoda haciendo monólogos, en directo, en mi show. Ahí es donde soy feliz. Al final los vídeos yo los utilizo para alcanzar un medio, en el que tú sepas que hay una persona, una chica en Canarias que hace monólogos y que vende entradas para que vayas a un teatro. Las redes las he utilizado como un trampolín para decir: «Hola, estoy aquí. Compra tu entrada, que yo me dedico a los teatros». Pero realmente me siento cómoda en las dos partes.

¿Recuerda la primera vez que llenó un teatro? ¿Cómo se sintió?

La primera vez que llené un teatro fue el primer teatro que hice, en 2016, en el Teatro Guiniguada, en Las Palmas. Fue un poco… «no me lo puedo creer». Porque yo no surgí de las redes, de que las redes me ayudaran a llenar de repente; yo venía de los bares. Estaba en la carrera y a la vez hacía monólogos en bares, con veinte, diez o cinco personas, tipo «suerte, búscate la vida». A raíz de que los vídeos funcionaban fue cuando más gente empezó a venir. Pero lo mío viene de haberme comido muchos bares, muchas basuras y almacenes. No fue llegar y tener un teatro lleno. Y cuando vi hasta la última entrada comprada… hice el show en mi casa antes de ir al teatro [ríe]. Estaba superilusionada y me sigo poniendo igual de contenta. No es algo que tenga interiorizado, porque a veces no llenas y no pasa nada. No tienes que llenar todo tampoco. Mientras seas feliz y te dé para vivir…, ya con eso me doy con un canto en los dientes.

Hablando de felicidad, ¿cómo le afecta su estado de ánimo a la hora de hacer su trabajo?

[Se queda pensativa]. Hay frustración. Cuando te planteas un objetivo y ves que no llegas o «me está costando más de lo que yo en un principio imaginé» … Hay frustración, tristeza…; yo qué sé, todas las emociones del mundo, que pa eso están: pa vivirlas. Se vive con ansiedad muchas veces, yo tengo mi terapeuta, que creo que es superimportante para gestionar cosas que yo no sé llevar con las herramientas que tengo. Para aprender y seguir avanzando. Siento desde la mayor alegría del mundo hasta el fracaso.

¿Omayra Cazorla es tal cual la vemos o es una exageración de su personalidad?

Para mí el humor es provocación; partiendo de ahí, yo me exagero mucho. En el día a día conmigo, yo no soy la graciosa. Soy una tía normal, voy al supermercado, compro mis cosas, saludo a la gente, pero voy muy a mi bola. Nunca me he considerado la graciosa del grupo, sino una tía normal.

Además de provocación, ¿qué es para usted el humor?

Es una herramienta superpotente para lanzar la verdad. También es una herramienta superpoderosa para lanzar una crítica social. Porque desde la indignación, «la cuchara no entra igual». Si lo haces desde el humor, la gente capta las cosas de forma diferente. Puedes estar de acuerdo o no, pero incluso te puedes llegar a reír. Yo estudié también trabajo social y cuando unifiqué mis dos carreras dije «guau, esto es un arma poderosa». Y lo utilizo como tal.

Lo ve entonces como algo terapéutico para encajar mejor las cosas.

Sí. Yo no soy nadie ni pretendo salvar el mundo. Yo hablo desde mi verdad. Y si mi verdad y realidad es que yo soy lesbiana y que estoy casada con una mujer, yo no te puedo hablar de una relación con un hombre. Porque mi verdad no es esa. Entonces, si partimos de la base de que el humor es verdad, esa no sería la mía. Es supersencillo. Sí es verdad que en plazas, por ejemplo, en fiestas de pueblo, yo he llegado a una plaza y he dicho «soy bollera» y hay gente que se ha levantado e ido. Y es como… guau, ¿esto sigue pasando? Sí, sigue pasando y es un precio que yo pago por… ser lo que soy, por así decirlo o ser honesta en mi trabajo.

¿En qué anda actualmente? ¿Cuáles son sus próximos proyectos?

Ahora mismo estoy con Yo también fui hetero. El show lo estrenamos hace ya casi un año, pero es verdad que no lo hemos llevado por muchos sitios. Por eso queremos seguir girándolo, porque creo que es un texto potente. A lo mejor esto es muy narcisista y ególatra, como si mi texto es lo más [ríe]. Pero creo que es un texto que puede funcionar muy bien y quiero que llegue a más sitios. Ahora estoy con eso y también actuamos en Mallorca y tenemos todas las entradas agotadas. Ahí sí me quedé como… ¿lleno en Mallorca? Cuando me lo ofrecieron al principio recuerdo que dije que yo ahí no pintaba nada. Por lo que estaré en Mallorca, Madrid, Barcelona y también por todas las Islas hasta que el público quiera.

Desde el punto de vista creativo imagino que es un reto hacer humor. ¿Cómo lleva eso?

La parte creativa muchas veces está en secano o en barbecho. No sabes ni dónde coño está, pero estará por algún lado. Es complicado dar con la tecla. Es como el cantante con la canción, ¿qué canción puede sonar este verano? Los textos, para mí, son difíciles de crear porque llegas a la parte en la que crees que tienes algo bueno y luego resulta que no funciona. En tu cabeza puede ser bueno, pero a la hora de la verdad lo mismo es una mierda. Tienes que estar constantemente cambiando. Mis textos nunca son fijos, yo voy modificando según el público, su carácter, y sabiendo que no es lo mismo un texto para una persona de setenta años que para un chico de diecinueve, porque no le va a llegar igual. Tienes que ir jugando un poco también, sabiendo cómo es el contexto, dónde vas a actuar y para quién vas a hacerlo.

¿Tiene nervios antes de una función?

Siempre. Y el día que no me ponga nerviosa, lo dejo, porque significará que no me importa, que no respeto lo que hago. Hasta actuando en un bar con veinte personas me pasa. Los nervios, bien llevados, sin histeria, son superimportantes.

¿Prueba sus textos antes con alguien?

Sí. Mi supervisora es mi mujer. Trabajamos en equipo y ella es supercrítica. Ella no me ríe las gracias. Ella es la que corta el rollo. Yo a lo mejor voy muy flipada con una idea y ella me dice: «¿Qué estás haciendo?». Es mi cable a tierra. Siempre es importante tener a alguien así. Quien trabaja con las ideas sabe que van tomando una forma que al final no llega a la gente.