Andrea Abreu nació en 1995 en Tenerife y se crio en Icod de los Vinos, en el norte de la Isla. Se graduó en periodismo por la Universidad de la Laguna (ULL) y, posteriormente, se trasladó a la península para cursar un máster en periodismo cultural en la Universidad Rey Juan Carlos (URJC). Ha escrito en diversos medios nacionales, sobre todo en las secciones de cultura, y también ha publicado textos literarios en revistas digitales y en papel. Asimismo, es autora del poemario Mujer sin párpados (Versátiles Editorial, 2017) y del fanzine Primavera que sangra (2017). Recientemente publicó su primera novela, Panza de burro (Editorial Barrett, 2020), en plena pandemia y, demostrando lo «echadita pa’lante» que es, ya va por su séptima edición.

¿Cómo comenzó a imaginar Panza de burro y a sus personajes? ¿Cambió mucho desde su idea inicial hasta lo que acabó en el borrador final?

Empecé a escribir Panza de burro en 2017, poco después de mudarme a Madrid. En principio era una novela muy autoficcional, según la idea que tenemos hoy de esa palabra. Por aquel entonces leía mucho a Alejandro Zambra. Estaba obsesionada con él y supongo que ciertas características de su escritura se me quedaron muy metidas. Ese primer intento de novela era la historia de una chica canaria de veinticuatro años que se había mudado a Madrid y que contaba –en fragmentos que se intercalaban con su vida del presente– la historia de su primer amor en la infancia. El libro llevaba el título Mejores amigas, un nombre que no tenía ninguna gracia y del que me alegro de haberme desprendido. Las dos protagonistas siempre estuvieron presentes. Antes de empezar a escribir la novela, la idea del primer capítulo (en el que Isora, la mejor amiga de la protagonista, vomita delante de ella por primera vez) fue la primera que se me presentó en forma de poema. Antes de Mejores amigas la novela, estuvo Mejores amigas el poemario. Cuando ya llevaba unos cinco poemas escritos con la idea que se ha mantenido firme desde el principio –la de narrar una historia de amistad en la que los límites entre el deseo/enamoramiento y la misma amistad fuesen difusos–, comprendí que tenía que escribir una novela, porque la poesía no me valía para contar esa historia. Ahí llegó Mejores amigas la novela metarreferencial. Después, con el paso del tiempo, y gracias a la lectura de muchas autoras latinoamericanas y el curso de escritura de Sabina Urraca (la editora de la novela), se me ocurrió eliminar la parte de la narradora adulta, y empezó a nacer esa cosa que hoy en día es Panza de burro.

En el prólogo del libro podemos conocer cómo fue gestarlo desde el punto de vista de Sabina Urraca, ¿cómo lo fue para usted?

Panza de burro es mi primera novela. Eso implica que aprendí a escribir novela al mismo tiempo que la estaba escribiendo [risas]. Tenía que adaptar mi horario de escritura a los horarios en la tienda en la que trabajaba entonces. Normalmente mi trabajo de dependienta tenía lugar por la tarde, por lo que dedicaba las mañanas a escribir. A veces me levantaba demasiado cansada del curro del día anterior y sabía que tenía que sentarme delante del ordenador y sacar algo decente. Escribía mucho. Muchas cosas que luego deseché. La mayoría de veces no me gustaba lo que me salía. Me di cuenta de que una novela requería de mucha constancia y trabajo. No era como la poesía. Ida Vitale dijo una vez que era poeta por pereza. Yo más o menos igual. Había sufrido con las correcciones de mis poemas, pero nada que ver con la novela. Tenía que sacar fuerzas todos los días para seguir y seguir. Tenía que entregarla en seis meses. Al principio, pensé que no iba a ser capaz. Había días en los que llegaba de la tienda tan cansada que solo tenía ganas de llorar. Veía las libretas en las que escribía parte de la novela y me entraba una angustia terrible. Todos los días pensaba que no tenía sentido lo que escribía, que iba a ser un gran fracaso.

Y ahora resulta que Panza de burro va por su séptima edición…

Es lo que acabo de decir: yo pensaba que iba a fracasar, que nadie lo iba a entender. Mientras escribía la novela, en teoría, estaba segura de cómo la estaba ejecutando, pero algo dentro de mí me repetía: «Está mal, la gente va a pensar que no sabes escribir, qué haces poniendo esa palabra, ridícula». Era una lucha continua contra la vergüenza. Cuando me sentaba a escribir y dejaba que saliese todo de mi cabeza como un barranco cargado de agua, era muy feliz. Cuando volvía, al día (o a los dos días) después, a revisar lo que había hecho me daba mucha ansiedad. Estaba segura de que nadie, o casi nadie, lo iba a comprender.

Panza de burro es un libro que trata muchos temas –la clase obrera, el turismo, los cánones de belleza, la amistad, el amor, la pérdida…–. ¿Siempre tuvo en mente que quería reflejar de alguna maneras estos temas en el libro?

Creo que todos esos temas se fueron cruzando gracias al tema principal: esa historia de amistad-amor a principios de los 2000 en un barrio alto/obrero/rural/mago de Tenerife. Si quería narrar ese momento de la historia canaria, con esas dos protagonistas, necesitaba introducir el resto de elementos. Son asuntos de los que siempre he querido hablar, porque me afectaron a mí y a mucha gente de mi generación. Algunos de esos temas no los había visto nunca dentro de una novela. Supongo que intenté escribir la novela que me hubiese gustado leer. No tengo muy claro si lo conseguí [risas]. Sigo prefiriendo leer a otras personas que no son yo [risas].

Al echar la mirada de nuevo a lo escrito, ¿hay otros temas que le hubiera gustado tratar? Es decir, ¿está satisfecha con todo lo escrito o hay algo a posteriori con lo que diga «quizás esto lo cambiaría para que quedase mejor o lo habría enfocado mejor así»?

No cambiaría nada de lo que hay dentro de Panza. Creo que el libro existe tal cual es. Es con independencia de mi persona. No es que se trate de un bestseller [risas], pero siento que la historia ya no me pertenece. Es de las personas que me leen. La forma en la que la gente habla de Isora y dice shit esto, shit lo otro, por ejemplo, ya no tiene nada que ver conmigo. Es un personaje de su propiedad. No sé si hay temas que me hubiese gustado tratar, pero sí hay asuntos en los que me hubiese gustado detenerme más rato, porque creo que dan para largo: la presión y las expectativas que las familias obreras de esa época pusieron sobre sus hijas, la abundancia económica que conocimos a principios de los 2000 –dentro de la que no sabíamos cómo comportarnos– y que luego perdimos de golpe, el peso de la religión y la hipocresía, el turismo. El asunto del turismo es infinito.

Como escritora, ¿qué le ha aportado –o le sigue aportando– toda esta aventura con Panza de burro? ¿Ha cambiado su perspectiva en algún aspecto?

Panza de burro lo está cambiando todo. Siempre había fantaseado con ser escritora, pero pensaba que eso solo era para gente rica. Ahora digo que soy escritora con la boca llena, pero me sigue pareciendo raro. A veces pienso que no tiene sentido, que me voy a dejar de tonterías y voy a buscarme un trabajo de lo que sea. Hace un año no tenía dinero para comprarme unos tenis, ahora sigo teniendo poco dinero, pero tengo agente [risas].

Cuando leí el libro pensé que quizás los lectores peninsulares no comprenderían su gracia. Sin embargo, he leído muchísimas críticas positivas y reseñas por parte de ellos. ¿Cree que muchas veces los canarios tendemos a infravalorar lo nuestro? ¿Tenemos un complejo?

Voy a responder como persona canaria que soy: por lo general estoy muy poco acostumbrada a verme representada en la ficción. De pequeña, lo más parecido que encontraba eran las telenovelas. También en la no ficción: pocas personas que aparecen en los medios hablan canario de manera abierta. Por lo general, intentan esconder su forma de hablar. Como estoy muy poco acostumbrada, cuando veo alguna representación próxima a mí, me vuelvo muy exigente, siento rechazo… Pero creo que eso está cambiando. Un ejemplo: el actual panorama musical canario. Nunca había visto a tanta gente haciendo música desde aquí y subrayando que son de aquí. Creo que Panza de burro llegó en muy buen momento. Estamos cansadas de esa vergüenza histórica y yo lo noto. Hace poco, una institución canaria publicó un vídeo locutado por una persona que neutralizaba el acento y fue tanto lo que le dijeron (dijimos) que tuvieron que borrarlo y subir otro locutado por una persona que no ocultaba su procedencia. Por supuesto que tenemos vergüenza, pero es una vergüenza aprendida, heredada de un pasado colonial, reforzada por esa antiquísima idea de que hay variantes del español más válidas que otras.

¿Está trabajando en algún nuevo proyecto o tiene algo en mente?

Estoy trabajando en mi salud mental. Estoy cuidándome para que no me haga daño toda esta exposición social, toda esta presión de ser inmediata y eficiente. Ese es mi nuevo-viejo proyecto.