Por David Lorenzo

Mientras se va desarrollando el año 1944 los nazis se van dando más cuenta de que la guerra está perdida. Los soviéticos estaban cada vez más cerca de Alemania y en el mes de junio de ese año se produce la batalla de Normandía. La desesperación de Hitler era cada vez mayor. Ante esta situación tomó una de las más disparatadas medidas que desarrolló en todo su gobierno, la firma de la Orden Nerón.

Recibió este nombre simbólicamente. Según la tradición Nerón quemó Roma en el siglo I d.C. en un ataque de megalomanía. Creía necesario renovar la ciudad y por ello decidió ordenar q1ue la quemasen toda. Para evitar que le acusaran directamente a él de esta barbaridad decidió culpar a los cristianos. El objetivo de Hitler, a diferencia de Nerón, no era solo el de quemar ciudades enteras. Quería volar todas las infraestructuras estratégicas en aquellos territorios que todavía fueran alemanas y que estuvieran a punto de ser tomadas por los aliados.

El proyecto Nerón fue una medida “in extremis” (marzo de 1945), muy poco antes del fin de la guerra. Hitler todavía estaba esperanzado en que pudiesen remontar pero ya para comienzos del 45 no había ninguna posibilidad de la victoria nazi.

El proyecto de los nazis era claro. Evitar a toda costa que los aliados ocuparan cualquier edificio que les fuese de ayuda para avanzar en la guerra. Además con la voladura de otras infraestructuras (puentes, calles, industrias,…) buscaban retrasar lo más posible la derrota alemana en la II Guerra Mundial. Pero no se podía evitar lo inevitable.

Finalmente la orden fue un fracaso estrepitoso. Algunos altos cargos militares, cansados de los delirios de Hitler, se negaron a cumplir este mandato. En otros casos fue simplemente porque no daba tiempo para volar y quemar las ya de por sí degradadas ciudades europeas. Gracias a esto se pudo conservar en gran medida el patrimonio europeo. Incluyendo el alemán que podría haber supuesto el destrozo total de sus innumerables museos.

Resulta especialmente curioso que Hitler considerara que incluso las ciudades de Alemania, a la que supuestamente amaba, debían desaparecer por el fuego. Esta decisión la tomó al final. Lejos de culparse a sí mismo de sus decisiones militares creía que era la debilidad de los alemanes la que había llevado a perder la guerra. Por eso creía que el país y sus gentes se merecía este “castigo”. Pero en su propio país tampoco se cumplieron sus propósitos. Las ciudades alemanas, a pesar de estar medio destruidas por los bombardeos aéreos tras finalizar la guerra,  sobrevivió.

Para saber más:

  • Fest, Joachim (2013) El hundimiento. Barcelona: Galaxia Gutenberg
  • Trevor-Roper, Hugh (2000) Los últimos días de Hitler. Barcelona: Alba Editorial