Por Luca Saavedra
Ilustraciones Ilustre Mario

El otoño y el vino siempre han hecho buenas migas. Es uno de los momentos más bonitos para acercarnos a los territorios del vino y nosotros pensamos aprovecharlo. Primero vemos la tierra. Después las viñas, las uvas, las bodegas y las barricas. Y al final, una copa. Esta época nos lleva por cinco destinos donde el vino es mucho más que lo que bebemos: es paisaje, tradición, gastronomía y una estupenda manera de viajar.

Córdoba

Pedro Ximénez, la uva reina de esta región. En Montilla-Moriles, al sur de Córdoba, es difícil hablar de vino sin empezar por ella. El clima cálido y los suelos blancos de albariza marcan un paisaje de viñedos del que nacen los vinos de esta denominación de origen: finos, amontillados, olorosos y, por supuesto, el dulce Pedro Ximénez. Y ya que estamos en Córdoba, habrá que llevarlos a la mesa. Un fino bien frío puede acompañar al jamón ibérico, unas aceitunas o un salmorejo; dejamos los amontillados y olorosos para sabores más intensos y el pedro ximénez para el momento más dulce.

Valladolid

Aquí podemos brindar con un verdejo de Rueda, probar un tinto de Ribera del Duero o descubrir los rosados de Cigales. Más de 30.000 hectáreas de viñedo convierten Valladolid en uno de los grandes territorios del vino de nuestro país. Y si queremos conocer
lo de verdad, qué mejor que hacerlo allí donde nace. Recorremos los viñedos, entramos en bodegas centenarias, algunas excavadas bajo tierra, y participamos en catas que nos permiten descubrir por qué de esta provincia salen algunos de los vinos más reconocidos.

Vigo

En los bares de Vigo hay nombres que se repiten detrás de la barra: albariño, godello, ribeiro… Los vinos blancos tienen aquí un lugar privilegiado, pero si queremos ir más allá de la copa, ponemos rumbo a la Ruta do Viño Rías Baixas. Muy cerca de Vigo podemos visitar bodegas de la denominación y participar en catas, aunque merece la pena llegar hasta O Salnés, la comarca con mayor concentración de bodegas y considerada la cuna del albariño. Cambados es una parada imprescindible, con bodegas y pazos históricos, además del Museo Etnográfico y del Vino. Desde allí podemos continuar por Meaño, Meis o Ribadumia y seguir descubriendo, copa a copa, uno de los grandes territorios vinícolas de Galicia.

Badajoz

¿Sabías que Extremadura cuenta con más de 80.000 hectáreas de viñedo? Basta con recorrer sus grandes extensiones de campo para entender el peso que tiene aquí la vid. El clima seco, las muchas horas de sol y los contrastes de temperatura hacen el resto y marcan el carácter de unos vinos amparados, en buena parte, por la D.O. Ribera del Guadiana. En el camino descubrimos más de una treintena de variedades de uva, como la cayetana blanca, la pardina o la Eva de los Santos. Y todavía nos queda una sorpresa, esta vez espumosa: en Almendralejo también se elabora cava bajo la D.O.P. Cava. Una razón más para descubrir Extremadura con una copa en la mano.

Jerez

En Jerez pedir “un vino de Jerez” se nos queda corto. Podemos empezar con un fino, seco y ligero; continuar con un amontillado, de sabor más intenso; probar un oloroso, potente y aromático; o terminar con la dulzura de un Pedro Ximénez. Todos son diferentes, pero fuera de nuestras fronteras comparten un mismo nombre: sherry. Una palabra que ha llevado el vino y el nombre de Jerez por todo el mundo. Y qué mejor que descubrirlo en su lugar de origen: visitando alguna de sus bodegas históricas, participando en una cata o entrando en los tradicionales tabancos, donde el vino se sirve directamente de las botas.