Texto Isabel Otero

Fotos Adobe Stock

Pamplona es de esas ciudades que sorprenden por su manera de vivir. Aunque su nombre esté inevitablemente ligado a los sanfermines, compensa visitarla en cualquier otra época del año y descubrir una ciudad acogedora y con una calidad de vida que se percibe desde el primer paseo.

La plaza del Castillo sigue siendo el gran salón de la ciudad; desde allí, lo mejor es perderse por el casco antiguo para descubrir rincones llenos de encanto, como la Navarrería, con sus fachadas de colores y balcones rebosantes de flores, o el pasadizo de la Jacoba, que parece guardar secretos de otra época.

Vivir la esencia de Pamplona es irse más allá de sus murallas, a los barrios. En Iturrama, el ambiente universitario llena las calles de pequeños comercios y bares donde siempre hay conversación. En San Juan, mucho más tranquilo, sus parques, librerías y cafés invitan a parar el reloj un rato. Junto al río Arga, la Rochapea refleja la transformación de la ciudad; antiguas fábricas convertidas en espacios culturales, arte urbano y agradables paseos conviven con naturalidad. Muy cerca, la Txantrea mantiene intacto el espíritu de barrio y todavía es normal saludarse por el nombre.

La gastronomía local es sencilla, con productos de cercanía que transmiten amor por la tierra, pocos artificios pero mucha alma. Da gusto tomarse un guiso reconfortante o un flan que recuerda al de la abuela. Las pochas son la estrella, unas alubias blancas y suaves que van bien tanto con jamón como con unas almejas y que además en verano están de temporada; acompañadas de piparra, plato pamplonica de libro.

Entre los imprescindibles destaca el mirador del Caballo Blanco, con vistas a las huertas y al río, ideal para disfrutar de un concierto al atardecer. La Ciudadela, una de las fortalezas renacentistas mejor conservadas de Europa, combina historia, jardines y exposiciones de arte. Muy cerca, el Archivo Real y General de Navarra custodia siglos de memoria del antiguo reino, mientras que las iglesias de San Nicolás y San Saturnino recuerdan el pasado medieval de la ciudad.

En la última, cada 6 de julio repican las campanas anunciando el comienzo de los sanfermines. Y sí, la fiesta forma parte de la identidad de Pamplona, pero quedarse solo con esos nueve días sería perderse todo lo demás. Merece la pena recorrer sus calles sin mapa, sentarse en una terraza a brindar con un buen vino navarro y dejar que el ritmo pausado de la ciudad marque el compás del viaje.

Un jardín japonés

El parque de Yamaguchi, inspirado en la ciudad japonesa hermanada con Pamplona, ofrece un rincón de calma en plena ciudad. Sus senderos entre bambúes, el lago y las fuentes crean el escenario perfecto para pararse, relajarse tras el paseo y dejarse acompañar por la melodía que Amaia dedicó a este lugar.

El otro San Fermín

Aunque la fiesta grande haya terminado, siempre es posible repetir con el San Fermín txikito. Celebrado a finales de septiembre, conserva la esencia de la celebración, pero con un ambiente más íntimo, relajado y profundamente local.

A golpe de barra

La bola de pimiento, el pintxo de huevo y las croquetas, que en Pamplona son casi del tamaño de una mano, son tres clásicos que ningún visitante debería dejar de probar.

La magia de la selva de Irati

A poco más de una hora y cuarto se extiende uno de los mayores tesoros naturales de Europa, uno de los hayedos y abetales mejor conservados del continente, un lugar donde el silencio y la naturaleza son los auténticos protagonistas.