Texto y fotos: Juan Manuel Pardellas
No es el más grande, ni el más frondoso, ni tiene muchos servicios, pero sí es de los lugares que más me han emocionado. En un pequeño rincón de Badajoz se encuentra el Parque de Castelar, un antiguo olivar y huerta del convento de Santo Domingo, inaugurado en 1903 y reformado cuarenta años después. En mi visita lo encontré lleno de pavos reales, patos, mirlos, palomas, peces koi; es un lugar mágico para ir, sentarse y reflexionar, donde los mayores protagonistas son los niños, incluso los que no llegaron a nacer.
Mi consejo es dejar el coche en el parking San Atón, a cuatro minutos a pie de la plaza de España (donde se encuentran la catedral de San Juan Bautista y el Ayuntamiento) y caminar las callejuelas antiguas de la capital, con una gran oferta de cafés, tascas y restaurantes, y las otras más modernas, llenas de tiendas originales y El Corte Inglés.
En menos de diez minutos a pie llegamos al parque de Castelar. Está abierto y no tiene rejas. Sorprende su pequeño tamaño, sus palmeras (Washingtonia robusta), altísimas, como esas icónicas de Miami y Los Ángeles, y los cipreses desafiantemente verticales. Está muy bien cuidado, cada árbol con su definición y algunas papeleras como lienzos para artistas urbanos creativos. Un pequeño kiosco de cafés en una de las esquinas y unos cuantos columpios y toboganes es todo el entretenimiento.
Pero hay varios detalles que lo convierten en uno de los mejores y más emotivos lugares que he conocido en mi vida.
En una de las entradas, un cartel destaca sobre todos los demás. Dice que estoy ante el Árbol Estrella, un ejemplar robusto de árbol botella (Brachychiton rupestris), natural de Australia, que a mis ojos no ilustrados se parecía mucho a un baobab africano. El cartel incluye esta frase, que leo con curiosidad: «Las almas que se aman no tienen olvido, no tienen ausencia, no tienen adiós» (Manuel María Flores). Vuelvo a mirar los objetos que cuelgan del tronco o que hay en su base (patucos, mariposas, saquitos, manos pequeñas sobre lienzos en blanco…) y entonces lo entiendo todo y me recorre un enorme escalofrío. Es un árbol homenaje a los no nacidos…
«Nos hace recordar que sus ramas llegan hasta ellos, el cielo, a nuestras estrellas, es la simbología que le damos», según una frase de Sadra Díaz, una de las madres autoras de la iniciativa, en declaraciones recogidas por el blog local No le digas a mi madre que estoy haciendo fotos.
El segundo árbol, muy especial, que ya concentra a decenas de instagramers es El Árbol de los Chupetes de Badajoz, donde los más pequeños ofrecen sus chupas, como transición a otra etapa de su vida. Un homenaje a la vida, a la evolución, a la madurez, otro momento para reflexionar.
El parque de Castelar está lleno de bancos donde disfrutar un buen rato o toda una tarde. Basta pararse frente al estanque de peces koi y una estatua de la escritora Carolina Coronado, o sentarse en un banco de hierro forjado, de ladrillo o de piedra (que de todo hay), para que, al rato, pavos reales, patos, palomas y algún mirlo se confíen y pasen justo por delante de nosotros, despreocupados y confiados, porque saben que están protegidos por todos los niños y niñas de Badajoz.










