Texto: Mari Carmen Duarte
En las estanterías de metal del taller de José Manuel Coca, envueltas primorosamente en bolsitas transparentes, decenas de zambombas duermen esperando un par de manos que las hagan sonar. En la placita que rodea el callejón de los Bolos, trabaja este artesano, sevillano de nacimiento y con más de treinta años de experiencia en la fabricación de la zambomba típica de Jerez de la Frontera, el instrumento que pone sonido a la Navidad de toda una ciudad.
Sobre un mantel con dibujos de cócteles y copas, José Manuel despliega todos los utensilios con los que le pillo trabajando. «A mí nadie me enseñó a hacer zambombas, nadie. Yo, mirándolas ya me las imaginaba. Casi que dormía con ellas». Fue estando con un amigo en Jerez cuando cayó en sus manos una que no sonaba nada bien. Aunque la tradición se había ido perdiendo, él se empeñó desde entonces en devolver a la zambomba su sonido, y a la localidad, su pasión.
Ahora, sentado ante su pequeña mesa, también se afana en arreglar algunas malparadas que le traen sus clientes. A lo largo del año, son alrededor de trescientas las zambombas que fabrican sus manos. La cerámica viene de Jaén; la tela muselina, de Barcelona, y las cañas con las que fabrica el carrizo, de un cañaveral cercano. «Para ir allí tardo tres o cuatro horas. Tengo que meterme en el barro, tener cuidado con la mala leche de las avispas y encontrar las cañas de la medida exacta, que se pasan cinco meses secándose aquí», explica el artesano. «Al rato que echas en el campo, súmale las seis horas que te puedes llevar haciéndolas; no son poca cosa».
José Manuel decidió hace años, cuando la zambomba se convirtió en Bien de Interés Cultural, añadirle una mejora: el carrizo extraíble. Entre risitas, me comenta: «Es un secreto que no te voy a decir, que mi trabajo me costó. En Navidad siempre llevo la zambomba en el coche. Y esto permite que entre en sitios más pequeños y sea más fácil guardarla», me indica. Pero lo único que emociona a este jerezano de adopción, más que hacer zambombas, es tocarlas. «Yo he tocado la zambomba muy bien, muy bien -dice sonriendo-. Ahora ya no hay coro, de los sesenta que hay en Jerez, que no use la zambomba en vez del cajón de antes».
«El sonido ronco que viene de las entrañas de la zambomba es único. ¿Sabes tocarla?», me dice. Y ahí van las instrucciones de José Manuel: primero, mojar bien la tela. Cuanto más empapada esté, mejor suena. Segundo, enroscar el cañizo en el centro. A continuación, mojarse también las manos, para que se deslicen bien por este, sin torcerlo nunca. Y ya para acabar, seguir el ritmo de los villancicos hasta que acabe la Navidad.
HISTORIA, PATRIMONIO Y FENÓMENO SOCIAL
Las reuniones de vecinos al caer la noche en los patios y puertas de las casas se popularizaron a finales del siglo XVII. La zambomba era una de las protagonistas de esos momentos, un instrumento que se fue aflamencando y haciéndose inseparable del cante y del baile. Sin embargo, a punto estuvo de desaparecer en los años sesenta con la llegada de la televisión y el cambio de las viviendas, siendo recuperada gracias a la Cátedra de Flamencología y a la Radio Popular. Más tarde fue reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial de España.
NO HAY ZAMBOMBA SIN VILLANCICO
El repertorio de canciones navideñas de este instrumento no tiene parangón. Las plazas, las peñas, los patios y cualquier esquina de la ciudad se llenan a lo largo de la Navidad de los estribillos pegadizos de Mi carbonero, Camina la Virgen Pura o Estando un marinerito, haciendo de imán a transeúntes que pasan de espectadores a corear, palmear y unirse a la juerga de forma espontánea.






