Texto: Saioa Arellano
Fotos: Rocío Eslava

Valladolid, ciudad castellana por excelencia, es uno de esos destinos que sorprenden sin hacer ruido. Es una ciudad que pasa desapercibida en un primer momento, pero que alberga la belleza de los detalles que la hacen única y especial. Sus calles empedradas, la elegancia sobria de su arquitectura, la calidez de su gente y la cultura del tapeo hacen que sea perfecta para descubrirla si no lo ha hecho aún.

Pasear por Valladolid es navegar por siglos de historia, pero con la tranquilidad de una ciudad fácil y llena de rincones por descubrir.

El corazón histórico de Valladolid se encuentra junto a la catedral, una imponente estructura que, pese a su aspecto sobrio, alberga una historia apasionante. Diseñada por Juan de Herrera –el mismo arquitecto de El Escorial–, la catedral de Nuestra Señora de la Asunción fue pensada como una de las mayores de Europa. A pesar de esto, el proyecto quedó inacabado debido a recortes económicos y el traslado de la corte a Madrid en el siglo XVII. Pero hoy, ese aire inacabado le da el toque especial, único. De fachada austera y poderosa, se eleva sobre la plaza ubicada en frente de la universidad, un punto fuerte donde la vida estudiantil se mezcla con la historia, donde el presente confluye con el pasado.

Si tiene la oportunidad, debe subir a la torre, donde se encuentra una de las mejores vistas de toda la ciudad y, desde allí, podrá ver los tejados rojizos que caracterizan Valladolid, además del imponente río Pisuerga.

A escasos metros de la catedral se encuentra la iglesia de Santa María la Antigua, que con su aguja afilada y su pórtico románico hace de testigo de la época medieval. La amalgama de estilos arquitectónicos confirma la mezcla cultural y el paso del tiempo que ha sufrido la ciudad.

Pero Valladolid no es solo una ciudad que cuenta con una riquísima historia y patrimonio, es también una ciudad muy viva que invita a saborear, compartir, y no hay nada mejor que hacerlo practicando una de las costumbres de este lugar, porque «allá donde fueres, haz lo que vieres». No se trata solo de comer fuera, sino de todo un ritual que podrá empezar en la calle Paraíso, seguir en la plaza Martí y Monsó y terminar en la calle Correos. También el entorno de la plaza Mayor y la calle Pasión es un lugar que si puede tiene que visitar sí o sí para probar sus maravillosas tapas. Si después de tanto movimiento necesita un poco de paz, Valladolid tiene su oasis: el Campo Grande. Este parque, situado entre el centro y la estación de tren, es uno de los pulmones verdes más bonitos de la ciudad. De estilo romántico, con caminos curvos, fuentes, estanques y rincones sombreados, es perfecto para un paseo tranquilo o simplemente para observar la vida pasar o disfrutar de algún músico tocando. El Campo Grande es, más que un parque, un rincón emocional de Valladolid, donde generaciones enteras han dejado recuerdos.

Poco más allá del Campo Grande, el río Pisuerga marca el límite natural del centro histórico. Aunque en otras épocas fue esencial para la vida económica de la ciudad, hoy es sobre todo un espacio de ocio. Sus riberas han sido recuperadas con amplios paseos, carriles bici, zonas ajardinadas y parques infantiles. Es uno de los mejores lugares para ver un atardecer y ninguna visita a la ciudad es la misma si no pasa por el Pisuerga.

Como muchas ciudades, Valladolid también cuenta con una plaza mayor, que es, además, una de las primeras plazas porticadas de España y modelo para muchas otras, como la de Madrid. Fue reconstruida tras un incendio en el siglo XVI y desde entonces ha sido el epicentro de la vida pública vallisoletana: mercado, fiestas, actos oficiales y, hoy, también centro de reunión y ocio. En uno de sus laterales se alza el edificio del Ayuntamiento, con su fachada de estilo historicista; en el centro, una estatua de bronce del conde Ansúrez vigila el ir y venir de la gente, recordando el papel de este personaje en la fundación de la ciudad. También es un lugar donde simplemente sentarse y observar. Las fachadas rojizas, las balconadas, la armonía de los arcos crean un entorno acogedor, como si la plaza hubiera sido diseñada para hacerse sentir en casa a quien la pisa. Porque, sin quererlo, Valladolid es una ciudad que se queda en ti.