Texto: Román Delgado

Fotos: Cristina Candel

No suele importar tanto el día cuando lo que se disfrutan son unas deseadas vacaciones. Pero esta vez es diferente. Vale la máxima, pero a un día con sus veinticuatro horas le sigue otro igual, y ya está. Se acabó y vuelta a casa, pero, si las sensaciones son inmejorables, el regreso es acción de repetir. Quizá es esto lo que más pasa con Menorca, sobre todo cuando el viajero está por aprovechar bien el tiempo y con ello logra llevarse en su memoria las fotos imprescindibles de un destino que no deja indiferente. En efecto, Menorca es otra cosa, y para bien. Es la isla cargada de luz y envuelta de mar y naturaleza que se alcanza, si es por aire, en un lugar junto a la capital. Mahón puede ser el zaguán de esta visita, la ciudad en la que se abre un inmenso acceso natural al Mediterráneo, con el puerto brilloso de la también llamada Maó: cinco kilómetros sin tachones.

Tras esa panorámica, con ese mar atrapado y calmo y con la luz que marca el relieve y destaca la belleza alrededor, toca animar los sentidos en una de las dos urbes de la Reserva de la Biosfera. Afuera, bocana, mar y puerto; adentro, historia y patrimonio, con el casco antiguo, el ayuntamiento, la iglesia de Santa María y el portal de San Roque, vestigio de intramuros. Mahón es dulce y atractiva, la transición perfecta hacia lo rural y costero. De todo hay en la isla, que completa su devenir entre el antes y el ahora con Ciudadela de Menorca, antigua capital y residencia de la catedral, el castillo de San Nicolás y el Museo Municipal, donde todo se recuerda e interpreta. Ciudadela es una inmersión en la historia, una vuelta nítida al pasado.

La mañana del día uno en un extremo, el oriental; la tarde, en lo occidental. En medio, cincuenta kilómetros que invitan al paseo interior o al baño, todo en un paisaje apetecible de azules y luces mediterráneos. El mar en Menorca tiene nombre de cala o playa. Y puede ser Son Bou o Mitjana y Morrell. Son las caminatas que se hacen con calzado fresco y cómodo, con menorquinas, en busca de un queso mahonés, de una caldereta de langosta o del Mercado Claustro del Carmen. No da para más, pero ha servido para tener claro que hay que repetir…