Por Carlos Fuentes

Antes que el asfalto estaban las piedras. Talladas a mano, una a una, con formas de cubos imperfectos. Por herencia árabe se las llamó adoquines. Siempre parecidos, pero nunca iguales. Estas piedras de basalto negro han pavimentado durante siglos las carreteras más populares del archipiélago de Cabo Verde, donde todavía hoy es posible recorrer avenidas, calles y plazas recubiertas con adoquines de época.

“Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos”, dejó escrito Fernando Pessoa, padre flâneur de Lisboa. A tres mil kilómetros, una de las colinas que dominan la bahía de Praia, en la isla de Santiago, capital nacional de Cabo Verde, lleva por nombre Terra Branca y pese a su triste aspecto es un cruce de caminos histórico que enlaza con la antigua capital de Cidade Velha. Terra Branca, tierra blanca, porque el suelo es claro, de arena blanquecina. Algo excepcional en unas islas que todavía conservan un buen número de carreteras, calles y plazas pavimentadas con adoquines de basalto negro.

Las calles son sus historias, historias de pueblo, y lo que poco a poco se va convirtiendo en una red de vías modernas recién asfaltadas antes fue un álbum social de estampas del pasado. Incluso en los lugares que actualmente lucen remozados y, factura del progreso, sin apenas identidad que los distinga unos de otros. En la ciudad de Praia, como en otros tantos sitios con historias de siglos, las huellas de su diseño antiguo laten aún en calles y plazas como las del barrio Achada de Santo Antonio, uno de los balcones sobre las playas de la capital caboverdiana, con su pintoresca parroquia azul añil. Buen lugar de paso para comenzar a recorrer algunas de las carreteras más populares de la isla de Santiago.

Desde Plateau, el barrio administrativo y comercial de Praia, vertebrado por la avenida Amílcar Cabral (asfaltada ya hace años, pero creada en el siglo XV para almacenar munición contra los ataques piratas), un paseo por los adoquines viejos de Cabo Verde puede arrancar en la carretera que conduce a la antigua Cidade Velha. La añeja capital, el lugar donde empezó todo. Con sus callejones empedrados en la Rua Banana, sus casas antiguas de piedras volcánicas, ese coloso tallado en piedra que es el fuerte de San Felipe y la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, que no es una parroquia cualquiera. Construida en 1495, fue el primer edificio de uso religioso que los colonos levantaron fuera de Portugal.

Antes el visitante ha pasado por kilómetros de carretera pavimentada con adoquines, uno a uno, como los que todavía cubren otra ciudad de huellas antiguas. Situada en el centro de la isla de Santiago, a la distancia y la altura sobre el mar suficientes para que se pueda sentir fresco en estas islas de calor, Assomada atesora un corazón urbano en el que el asfalto es la excepción. Aquí, entre casonas coloniales que hoy son museo y un ramillete de estilos arquitectónicos sin mucho orden ni control, las calles que cada día se convierten en un animado mercado no son aptas para la carrera ni el ajetreo. Se impone, entonces, pasear al ritmo caboverdiano, reposado y tranquilo. Entre pescaderas y vendedoras de mangos.

Hora de seguir camino. Y de cambiar de isla. Para caminar las carreteras de adoquines de la vecina Bõa Vista. Si no dispone usted de vehículo de alquiler, quizás lo hará a bordo de un Hiace, esa furgoneta que hace las veces de guagua, todoterreno y feria ambulante. En la comarca norte, dos vías que suman 50 kilómetros conservan grandes tramos de pavés. Es uno de los mejores ejemplos de carreteras que mantienen la marca de lo antiguo en Bõa Vista. La ciudad de Sal Rei es la capital de la isla y la auténtica referencia urbana de la comarca norte, pero antes de llegar a su recoleta bahía, partiendo de la localidad de Fundo das Figueiras, toca sortear las suaves pendientes empedradas de esta carretera de otros tiempos. La ruta atraviesa lugares de panorámicas casi mágicas como Bofarreira (sede de uno de los equipos de fútbol profesional de la isla, el Onze Estrelas) y, por la vertiente sur, desemboca en la playa de Chaves, que alberga uno de los complejos turísticos más importantes de toda la isla y que antes de recibir a visitantes extranjeros con ganas de sol y mar acogió una fábrica de cerámicas.

Merece la pena esperar hasta la puesta de sol en una esquina de la playa de Carlota, frente al islote de Sal Rei y los recuerdos de lo que fue el imponente fuerte del Duque de Bragrança, bastión frente a los ataques piratas sufridos en 1815 y 1817, durante la época de dominación portuguesa.