Por Juan Manuel Pardellas
Fotos Stock
Estaba deseando este momento desde hacía mucho tiempo. Desciendo del Binter y me enfundo los cascos. Suenan Miña terra galega, Galicia caníbal, Fiesta de los maniquíes y entonces puedo decir que sí, que ya he llegado, qué emoción contenida. Tengo que hacer el ejercicio de visitar mis rincones fetiche, los que forman parte de mi ADN, y dejarme conquistar por ese otro Vigo que se anuncia en todos los lugares del mundo, lleno de luces, destellos, villancicos y escaparates llamativos.
Lo primero que hice fue acercarme al epicentro de la ciudad, por ejemplo, la Praza da Porta do Sol, donde las gradas y los trabajos incansables a pie de la escultura El hombre pez o popularmente El sireno (del artista Francisco Leiro), sobre dos pilares de mármol negro de once metros, ya anuncian la Navidad.
Muchas calles de la ciudad tienen instaladas desde primeros de octubre luces que forman parte del famoso millón de leds que ha colocado a Vigo en los puestos más destacados del ranking de las ciudades del mundo que hay que visitar por Navidad.
Antes, ahora, en Navidad y después, Vigo está llena de vida, de gentes encantadas de recibirte y de visitantes como tú, en busca de lo auténtico (ese acento tan especial, esa amabilidad de la gente del norte, ese clima loco mezcla de lluvia a chuzos y sol radiante) y,
sobre todo, de platos tan ricos y varia dos como unas simples lentejas hasta el codiciado y más exquisito marisco de la Rúa da Pedra (donde ahora son los sobrinos de aquellas ancianas ostreras los que continúan la hermosa tradición de abrir ostras y degustarlas allí mismo).

Este manejable recorrido por Casco Vello que hacemos hoy lo empecé en la Rúa do Príncipe, arteria comercial llena de propuestas de ropa, con artistas ambulantes, como el cantor de ópera de este mediodía. Encontré en sus baldosas de piedra algunas frases célebres, como la de la joven escritora local María Reimóndez. Recomiendo no pasar por alto algunas tabernas en el callejón paralelo Travesía de la Aurora, con suculenta tapa de lentejas, ensaladilla, croquetas y clásicos gallegos, como mejillón, berberecho, vieira, empanada…
De ahí desembarco en la Porta do Sol y su sireno, rodeado de viviendas construidas en 1900, desde donde se divisan a lo lejos los majestuosos jinetes alados de la fachada del Teatro Afundación.
De Sol paseando hacia arriba encontramos la Praza da Princesa y su escultura del angelito, de 1906, y ahí eché un ojo a los herrajes de las balconadas. Bajé por la estrecha Rúa da Misericordia entre muros de piedra gruesa, que, regada por tiendas de artesanía, apetecibles tascas y terrazas, nos lleva a la Praza da Igrexa, donde se erige imponente la concatedral de Santa María o A Colexiata, original de 1836.
Es un buen momento para tomar aire y admirar trabajos de cestería. Si seguimos descendiendo llegamos a la Rúa da Piedra, donde casi es pecado mortal no pararse a comer bien rico.
Samil, donde los delfines adoran al sol
Pensaba que eso de que los delfines bailanera solo una ocurrencia de Sergio Dalma… hasta que los vi saltar a pocos metros de mí, donde rompen las olas pequeñas, en la playa de Samil, en un atardecer cualquiera; un instante de película: el sol cayendo a cámara
lenta, dibujando el cielo con creyones de colores naranja, amarillo, malva, gris y, a la vez, las nubes tentando a los más pequeños haciéndoles creer que son algodón de azúcar. Así es un atardecer en Samil, a veinte minutos en guagua de Vigo. Lo recomiendo como un respiro del bullicioso y vibrante casco navideño, un encuentro del ser humano con la naturaleza, donde los pinos ya no llegan a la orilla; ahora son los delfines los que se acercan a ti.







