Texto y fotos: Elena Ortega Mateos
A poco más de un centenar de kilómetros al sur de Dakar, el Atlántico baña Fadiouth, un pueblo levantado sobre una alfombra de depósitos marinos que brillan bajo el sol fulgurante de Senegal. El crujido de sus calles guía los pasos hacia una fascinante mezcolanza cultural enmarcada entre baobabs y manglares.
Tening afirma entre risas que quiere casarse con una española. A sus cuarenta y cinco años se gana la vida guiando a los viajeros por los secretos de Fadiouth. «Como Hermi», dice señalando un restaurante regentado por una neerlandesa que se enamoró perdidamente de la zona y de un lugareño. Juntos abrieron Chez Pascal, especializado en pescados frescos como el lotte, pero también en platos europeos, entre los que destaca el schnitzel. Un menú que rinde homenaje al encuentro cultural de una ínsula donde se fusionan credos sobre un tapiz de conchas.
La peculiar Fadiouth fue levantada por las manos del hombre, de una forma lenta y poética, en la región senegalesa de Petite Côte, a unos ciento catorce kilómetros de la capital. Todo empezó cuando los recolectores de berberechos y almejas comenzaron a depositar las conchas en las aguas poco profundas del estuario tras extraer el alimento del interior. Con el paso de los siglos, ese lecho calcáreo fue cogiendo forma, entrelazándose con las raíces de la flora autóctona hasta consolidar un territorio sólido.
Un puente de madera, de aproximadamente cuatrocientos metros, une la isla a tierra firme y permite contemplar las aguas tranquilas y salpicadas de piraguas que la rodean. Aunque es adentrándose por sus intrincadas callejuelas, flanqueadas por tiendas y puestos de artesanía, cuando la marea baja desvela una historia escrita con sal. Resulta inevitable dejar de mirar al suelo, pero al levantar la vista se hace evidente que los fragmentos calcáreos, mezclados con mortero, también sirven para revestir fachadas, decorar puertas y ventanas o levantar templos como la iglesia de San Francisco Javier. La cruz que corona su esbelto campanario, amarillo y blanco, se ilumina de noche ejerciendo como faro para los pescadores y constituyendo uno de los emblemas de la armonía identitaria de este rincón detenido en el tiempo. Aunque en Senegal el islam es la religión mayoritaria, más del 90 % de la población de Fadiouth profesa el catolicismo.
A escasos metros se alza una mezquita que, tras sufrir un devastador incendio, fue restaurada gracias al apoyo económico de la comunidad cristiana. Muy cerca, un enorme baobab sagrado preside la plaza principal, ofreciendo su sombra a tertulias de ancianos sabios, juegos de niños y a la cotidianeidad de un pueblo unido. La devoción por estos árboles continúa al cruzar un segundo puente que desemboca en un islote custodiado por imponentes baobabs. Aquí se esconde el verdadero símbolo de fraternidad del lugar. Bajo capas de relucientes valvas encuentran su descanso eterno vecinos cristianos y musulmanes. En el peculiar cementerio de Diotio, como se conoce esta otra isla, conviven cruces de madera con símbolos de media luna, demostrando que la tolerancia aquí alcanza la eternidad. Desde su parte más elevada, la sobrecogedora imagen hace enmudecer al visitante.
Al alejarse entre los manglares que arropan Fadiouth, se desdibujan en el
horizonte las siluetas de graneros construidos sobre palafitos para proteger las cosechas. Desde la piragua, esta isla blanca nacida del océano da aún más sentido a la conocida hospitalidad senegalesa, la eterna teranga.
JOAL, LA OTRA MITAD DE FADIOUTH
Después de recorrer Fadiouth merece la pena detenerse en Joal, la localidad pesquera continental ubicada al otro lado del puente. En ella nació Léopold Sédar Senghor, intelectual, poeta y primer presidente de Senegal tras la independencia de Francia en 1960. Visitando su casa natal, transformada en museo, es posible comprender la importancia de este personaje vinculado a la identidad cultural nacional y a la defensa de la «negritud», un término que él mismo acuñó para reivindicar los valores del mundo negro.














