Por Juan José Ramos Melo @BirdingCanarias
Hasta hace unos pocos años los barcos pesqueros de las islas tenían que realizar largas jornadas navegando en busca de los cardúmenes de atunes, sardinas, caballas y otros peces de interés comercial. Hoy, con los avances tecnológicos las jornadas de búsqueda son menores, con la ayudas de los sistemas de radar, de localización vía satélite y de sondas todo ha cambiado. Ya prácticamente solo hay que mirar la pantalla e interpretar las señales. ¿Pero cómo encontraban los pescadores los peces tras horas de navegación sin la ayuda de la tecnología?
Los pescadores artesanales fijaban su mirada en el horizonte en busca del vuelo de las aves marinas, las aletas de delfines, el salto de los atunes o el soplo de las ballenas. En la inmensidad del mar la aparición de estos animales es un indicador de vida, una señal de que junto a ellos puede haber algún cardumen de pescado, al que echar las redes o lanzar los anzuelos.
Probablemente la más valorada de las señales es la presencia de las pardelas cenicientas (Caronectris diomedea), asiduas de las aguas de las Islas Canarias entre los meses de marzo a noviembre. Su llegada coincide con la de los primeros atunes, que vienen siguiendo los grandes bancos de sardinas, arenques, caballas u otros peces. En estas fechas primaverales miles de pardelas revolotean alrededor de las islas en busca de estas concentraciones, un manjar que les permite reponer fuerzas tras el largo viaje migratorio desde el Atlántico sur y prepararse para el inmediato periodo de reproducción.
La mirada de los pescadores se fija en el vuelo errático de las pardelas cenicientas hacia un punto concreto del océano, estas vuelan atraídas por el olor que circula por el mar a decenas de kilómetros. Las embarcaciones cambian de rumbo fijándolo hacia el lugar donde se concentran las aves, primero decenas, luego centenares, en pocas ocasiones miles. El averío ha marcado el lugar donde está el pescado, comienza la preparación de las artes de pesca. Mientras bajo el mar los peces se agrupan formando una gran bola buscando protección, los delfines los empujan a la superficie, los atunes los atacan desde los laterales, desde el aire acechan las pardelas que se lanzan en busca de alimento, llegando a adentrase buceando hasta unos diez metros de profundidad.
Los peces más pequeños son capturados por charranes, pardelas chicas o pichonetas, mientras los págalos esperan a que algún ave marina se separe del grupo para atacarla y robar su presa. Ya están casi todos, hasta que en el momento de máximo auge todo se interrumpe al aparecer llegada de las profundidades una gran boca que engulle una parte importante de la bola de pescado, todos se apartan ante la llegada de las ballenas.
La pesca al averío es una relación entre hombre y naturaleza que aún pervive en algunos lugares de las islas, una forma de aprovechamiento de los recursos pesqueros que ha sido trasmitida de generación en generación, garantizando su conservación. Sin embargo hoy en día las nuevas tecnologías, que han facilitado la vida a los pescadores, también son una de las herramientas que ayudan a esquilmar los grandes bancos pesqueros, entre ellos el banco canario sahariano. Estas nuevas formas de aprovechamiento de los recursos pesqueros son insostenibles y están llevando al borde de la extinción a muchas especies, destrozando los fondos marinos y poniendo en peligro los ecosistemas oceánicos. Hasta el punto de que probablemente nuestros nietos no conocerán el sabor de un atún del Atlántico.






