Por Aranzazu del Castillo Figueruelo
La mayoría de los isleños, por no decir todos, experimenta una sensación creciente de agobio cuando, por motivos varios, tiene que trasladarse a una ciudad o pueblo que carece de mar. Si el viaje tiene una duración limitada y sobre todo, si está asociado a algo positivo como son las vacaciones, esta emoción suele ser menos acusada. Pero incluso en estas circunstancias algunas personas llegan a pasarlo realmente mal por ese anhelo de agua salada, que además debe ser agua del Atlántico en el caso de los canarios (si no, no nos gusta tanto).
El efecto contrario lo encontramos, por lo general, en las personas que han nacido en la península o en cualquier otra parte del continente, ya sea el europeo o cualquiera de los otros. Cuando el viaje a una isla tiene como objetivo pasar unas agradables vacaciones, el “aislamiento” que las caracteriza facilita a la perfección la desconexión y el relax tan perseguido. Sin embargo, cuando los motivos que llevan a visitarla son de otro tipo -p. ej., estudios, trabajo, consultas a médicos, etc.- y esta visita se extiende en el tiempo más allá de lo previsto, la persona puede empezar a sentirse ligeramente incómoda rodeado de “tanta agua”.
Como puede observarse, todo es según el cristal con el que se mire. Lo que para unos es sinónimo de libertad y expansión, para otros es cárcel y opresión. Ese caleidoscopio a través del cual miramos y valoramos las cosas se va construyendo desde la más tierna infancia a través del las experiencias de aprendizaje y la relación con las personas de nuestro entorno. Por eso, el hecho de nacer en una isla, con padres isleños, y desarrollar en ella las primeras etapas de la vida marca estilos y tendencias.
Hablar de una “personalidad isleña” no tiene sentido, pues, no solo somos de por sí muy variados, sino que tenemos tantas influencias -de dentro a fuera y de fuera a dentro- que no sería posible -tampoco útil- establecer un perfil común.
Cuando se habla de las ventajas de vivir en una isla la primera idea que suele venir a la cabeza es la de “calidad de vida”. La distancia y el retraso que a muchos enerva de las islas favorece, sin embargo, un ritmo cuanto menos diferente al que se lleva en las grandes ciudades. El clásico estereotipo de los canarios –aplatanados– tiene cierta justificación. Nos movemos a otro tempo y, por lo general, se respira menos prisa y más tranquilidad.
No sé si es consecuencia de lo anterior, si es un efecto de los vientos alisios o del eterno clima primaveral, o si es resultado de la importancia que desde siempre se ha dado al cuidado del turismo en Canarias, pero otro hecho incuestionable es que los canarios son, por lo general, personas amables y abiertas. A veces, esta bondad puede confundirse con ingenuidad e inconformismo, pues lejos nos queda la actitud exigente -no necesariamente negativa- de las personas que viven en “tierra firme” y, especialmente, en las grandes ciudades donde, “quien no corre, vuela”.
Por supuesto, en ambas cosas considero que tiene un papel fundamental el entorno físico. Cuando repaso con la mente el perfil de montañas, barrancos y playas de las islas no puedo evitar recordar aquel slogan publicitario de cerveza Dorada de hace unos años: “qué suerte vivir aquí”. Es el acceso rápido a mar y montaña y la disponibilidad de un espacio libre -al menos en comparación con otros lugares- de contaminación (proveniente del humo de vehículos y fábricas principalmente) lo que convierte a Canarias en un espacio agradable para vivir.
¿Que lleva entonces a los canarios a emigrar? Como todo, vivir en una isla tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Cuando en un momento determinado estos últimos pesan más, obligan a la persona a hacer la maleta y a buscar otro lugar para tratar de reestablecer el equilibrio.
Uno de los motivos que lleva al isleño a trasladarse es la escasez de oportunidades a diferentes niveles: estudios, trabajo, ocio, etc. Esta búsqueda insaciable de oferta laboral, cultural y de ocio no es igual en todas las etapas vitales, ni para todas las personas. Por eso, para algunas, lo que ofrecen las islas ya les resulta suficiente.
Por otro lado, vivir en una isla implica más dificultades para salir y entrar de ella. Aún disponiendo de una generosa bonificación, visitar destinos lejanos supone más tiempo y más dinero, por lo general. Y no solo eso, también reduce nuestras posibilidades de transporte a dos -de momento-: el avión y el barco. Si tienes miedo a alguno de estos dos medios, tienes un problema. Cuando resides durante un tiempo en “tierra firme” te das cuenta de que, si quieres, no hay límites (aunque luego nunca llegues a probarlos). Lo bueno es que cuando regresas a casa, normalmente lo haces con ese chip puesto y ya no hay distancia que se te resista en la isla.
Y finalmente, relacionado con esto último que he comentado sobre las distancias, es curioso cómo nuestra concepción de ellas cambia una vez salimos de las islas. Mientras resides en ellas, moverse de un extremo a otro, se contempla como una “paliza” para lo que haría falta incluso “hacer noche”. Cuando cualquier traslado diario en una gran ciudad supone invertir un mínimo veinte minutos, explorar de cabo a rabo tu pedacito de tierra se convierte en un juego que solo puede ser disfrutado. ¿Donde está el contra? En el esfuerzo que ha de hacerse para contagiar al resto y arrastrarlos a la aventura (donde se pone de manifiesto la cara no tan amable del aplatanamiento canario).
Lo más positivo es que, con tanta ida y venida de jóvenes y no tan jóvenes canarios, se acabará conformando una sociedad isleña mucho más rica, con lo bueno de las islas y lo bueno de vivir fuera de ellas.






