Por Fabián Sosa
Fotos Selen Botto
Valencia se abre ante nosotros como una ventana al Mediterráneo por la que la luz se cuela sin pedir permiso. Una luz suave, generosa, que lo llena todo y que parece marcar el ritmo de la ciudad. Aquí, el agua y la luz no son solo paisajes: son parte de la vida cotidiana. Pasear por sus calles es dejarse envolver por una claridad que acaricia, que ilumina sin deslumbrar. Es fácil entender por qué este rincón del Levante inspiró al pintor valenciano. Basta con detenerse a observar cómo la luz resbala por las fachadas o cómo se refleja sobre el mar en calma para sentir que, más que verse, se palpa.
El vaivén sereno del Mediterráneo marca el pulso desde primera hora de la mañana. En la Malvarrosa, la gran playa urbana de Valencia, el día comienza con el rumor del mar besando la orilla. Los pies se hunden en la arena húmeda y, con ellos, a su vez las prisas. Hay mayores que pasean y niños que chapotean, como recién salidos de un cuadro del pintor valenciano. El aire huele a salitre. A crema solar. Y trae consigo los aromas que emanan de los cafés del paseo. La jornada en la costa avanza entre paseos, chapuzones y sobremesas bajo el sol, hasta que la luz empieza a inclinarse y la ciudad sugiere un cambio de escenario
Al caer la tarde, no hay mejor plan que poner rumbo al sur y descubrir L’Albufera. Deslizarse sobre el lago a bordo de una de sus barcas es como flotar entre dos cielos: el que se extiende sobre nuestras cabezas y el que se refleja sobre la quietud del agua. Solo los peces, que saltan a la superficie como queriendo rozar los últimos rayos de sol, se atreven a interrumpir este atardecer apacible. Mientras, el cielo nos deleita con sus tonos anaranjados, que se difuminan en el horizonte y se derraman sobre este espejo líquido. Colores tan vivos y sutiles que bien podrían haber salido de la paleta de Sorolla.
Y LA LUZ SE VUELVE LLAMA
Si se llega en marzo, se descubre otra faceta de la ciudad: las Fallas, una fiesta en la que la luz deja de ser un trazo suave del luminista valenciano para convertirse en llamas capaces de reducir el arte a cenizas. En cada barrio se alzan monumentos satíricos de cartón piedra que, tras días de música, pólvora y emoción, terminan ardiendo. Las mascletàs sacuden el mediodía con truenos rítmicos, los buñuelos chisporrotean en el aceite caliente y los fuegos artificiales dibujan en el cielo colores imposibles. En la Nit de la Cremà, la ciudad entera se enciende. El fuego purificador consume las fallas y se da la bienvenida a la primavera. Vivir las Fallas es habitar Valencia en su estado más puro: intensa, efímera, luminosa.


















