Texto: Carla Rivero
Fotos: Adobe Stock

Hispalis, Isbiliya… A la orilla del río Guadalquivir, las ondas de la marea traen consigo los ecos del pasado. La sombra del puente del Alamillo, del Cristo de la Expiración, de Triana y de la Barqueta se extienden sobre las aguas del cauce recorrido por navíos que, tiempo atrás, convirtieron a Sevilla en el corazón del mundo. Una ciudad de contrastes vivos, enérgicos como los brochazos sobre el lienzo, con un calor abrasivo y un frío que cala hasta el tuétano, de montadito de pringá y rebujito por la Feria de Abril, saeta a la salida de la Virgen de la Esperanza y cante flamenco, de visión y reforma, poesía y afán de progreso.

Una metrópoli en la que se combinan cultura, gastronomía y un robusto pulmón económico, por la que hoy transitan más de seiscientos mil habitantes, lo que la convierte en la quinta capital más poblada del país, solo por detrás de Madrid, Barcelona, Valencia y Zaragoza, y con más de cinco millones de visitantes contabilizados durante 2024. Una explosión demográfica y un destino turístico cada vez más elegido que habla de la calidad y de su patrimonio, en donde convive la huella del pasado con la apertura de un nuevo siglo, marcada por la Exposición Universal de 1992. 

A las afueras, se encuentran los vestigios de Itálica, el asentamiento romano que data del 206 a. C. y es uno de los yacimientos mejor conservados y más representativos de la época. El anfiteatro y las antiguas termas aguardan al visitante para recordarle los orígenes de una sociedad que, rápidamente, se extendió por el valle del Guadalquivir aprovechando el suave relieve de un territorio que permite trazar la línea desde el interior andaluz hasta la desembocadura del río en Sanlúcar de Barrameda.

La capital hispalense, cuna de lenguas, es reconocida hoy día por la cantidad de monumentos, enclaves y estampas que deja en la memoria. El Real Alcázar de Sevilla, una de las residencias oficiales de la familia real en la actualidad, fue construido durante su etapa como capital del al-Ándalus. Cinco siglos de historia que fueron el germen de la Giralda, la Torre del Oro o el propio conjunto palaciego en el que se puede admirar la delicadeza y exuberancia del arte almorávide. 

A partir del siglo XIII, caería bajo la reconquista cristiana y se adscribiría a la Corona de Castilla bajo el reinado de Fernando III. Fue entonces cuando la urbe viviría nuevas transfiguraciones que perdurarían hasta nuestro tiempo y alcanzaría un potencial económico sin paragón como el Puerto de Indias durante el Siglo de Oro.

En tal periodo se pronunció esta frase: «Hagamos una iglesia tal y tan grande que los que la vieren labrada nos tomen por locos». Cuenta la leyenda que las palabras fueron dichas por los canónigos que proyectaron la catedral de Sevilla a principios del XV. Símbolo del poder cristiano, se convirtió en el templo gótico más extenso del mundo y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987. A sus pies, el casco histórico es un hervidero de actividad, y quienes la contemplan alzan la vista, maravillados, mientras que otros se agolpan en la entrada para escapar en su interior durante unas horas del calor de la canícula.

Bajo la mirada de la Fe, o el Giraldillo, tal y como se conoce a la figura de bronce que funciona como la veleta que corona la Giralda, queda el devenir de quienes atraviesan los barrios hispalenses, desde Santa Cruz, la Alfalfa, el Arenal o San Bartolomé hasta Nervión, la Macarena o los Remedios. Un runrún constante en el que se entremezclan los coches que atraviesan las calles empedradas, el compás de las herraduras de los caballos o el serpenteo de los paraguas amarillos que dirigen las visitas guiadas, atravesado por las terrazas donde las tapas se suceden y la vida se detiene unos instantes bajo los toldos. 

LOS GITANOS Y SEVILLA

En 2025 se cumplieron seiscientos años desde la llegada del pueblo gitano a España. Una comunidad sin la cual no se entendería la idiosincrasia de una Andalucía contemporánea y, también, de Sevilla, en donde se registra su presencia desde los siglos XVI y XVII, momento en el que las familias se asentaron y se dedicaron, sobre todo, a los ámbitos del campo, el hospedaje y la herrería.

TRES ESTRELLAS MICHELIN

A la tradición de tapeo habría que añadir que la provincia cuenta con tres establecimientos Estrellas Michelin, anunciados en la gala que se celebró a finales de 2025. El reconocimiento fue dado a los siguientes restaurantes: Abantal, dirigido por el chef Julio Fernández; Cañabota, especializado en producto de mar; y Ochando, del cocinero Juan Carlos Ochando.