Texto: Xulia Nande

Fotos: Belén de Benito

Conocida como «la novia del mar» por la canción de Jorge Sepúlveda, siempre recordarás haber visitado la capital cántabra (Santander) una combinación perfecta entre lo urbano, la naturaleza y el más puro encanto señorial. 

Partiendo de lo urbano, es inevitable la plaza porticada, sobria y de planta cuadrada. Dispone de cinco entradas y es punto de encuentro para locales y turistas. Otro enclave representativo es el mercado del Este, declarado Bien de Interés Cultural; ofrece puestos de alimentación gourmet, espacios comerciales e incluso un museo. Pídete unas rabas o unas anchoas en uno de sus locales. No hay mejor forma de conocer una ciudad que visitando mercados o el puerto. Por ejemplo, el antiguo puerto pesquero, Puertochico, donde tomarse algo en uno de sus bares o restaurantes. Haz una parada en el monumento a los Raqueros, construido en honor de los niños que se tiraban al mar a recoger las monedas que los turistas adinerados lanzaban a la bahía. Un detalle sorprendente es la grúa de piedra, un monumento único que manifiesta la relación innegable de Santander con el comercio y el transporte de mercancías. Si aprecias la arquitectura, el ayuntamiento modernista y la catedral, fundamentalmente gótica, son obligatorios. Después puedes visitar uno de los pulmones verdes del centro, los jardines de Pereda. Allí encontrarás magnolios, acebos, bojs, castaños de Indias, un deleite para los sentidos. Es muy probable que el edificio del Centro Botín, integrado en los jardines, llame tu atención, pues simula ser un muelle sobre el mar.

La naturaleza y el mar abrazan la ciudad a través de la bahía. Poco conocida es la isla de la Torre, que alberga la Escuela Cántabra de Deportes Náuticos y a la que se puede llegar a pie en mareas vivas cuando una barra rocosa queda descubierta. También hay playas, y la de El Sardinero es la más urbana y concurrida. Si se nubla, tómate un chocolate en una de las cafeterías del paseo o, si tienes ganas de aventura, recorre la senda de Mataleñas, menos de tres kilómetros bordeando acantilados hasta el faro de Cabo Mayor, donde las vistas del Cantábrico son inmejorables. 

Estilo y encanto definen la ciudad. Su máximo exponente es el magnífico Palacio de la Magdalena, que corona la península de igual nombre. Si piensas en Santander, su silueta viene enseguida a la mente. Sede de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, desde 1913 a 1930 sirvió de veraneo para los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia; de ahí el aire aristócrata que se respira en él. Si su entorno impresiona, el interior no desmerece: mobiliario refinado y obras artísticas que te trasladarán a la época en la que los reyes paseaban por sus estancias. El palacio sirve de antesala para un recorrido por la avenida de Reina Victoria, un paseo donde imaginar sus casonas repletas de personajes alternando con la alta sociedad. 

Santander huele a mar y derrocha estilo, uno del que te contagiarás, seguro.