Texto: Fabián Sosa

Fotos Álvaro López Hernández

El murmullo de la plaza de Andrés de Lorenzo Cáceres anuncia el inicio. El vino nuevo baila suavemente en el interior de las copas y el carbón crepita en los asadores de castañas. Es la calma que precede a la euforia de la tradición más importante del municipio de Icod de los Vinos, en el norte de Tenerife.

En el Plano, que es como irónicamente se conoce a una de las calles más empinadas del casco histórico, jóvenes y no tan jóvenes sujetan tablones de madera, mientras un coro improvisado de risas y gritos marca la cuenta atrás. En cuanto alguien suelta el «¡ya!», el silencio se quiebra: la tabla se lanza cuesta abajo, rebota en los baches, chispea al rozar con los bordillos y termina su carrera chocando contra un muro de neumáticos apilados en la parte baja de la cuesta. El público jalea y la adrenalina se palpa en el ambiente.

El asfalto ha cambiado las reglas. Donde antes se usaba grasa o sebo de cerdo para lubricar la madera y hacer que se deslizara por las antiguas calles adoquinadas, hoy basta con la pendiente y el pavimento liso para alcanzar velocidades trepidantes. En esta cuesta digna de la escarpada orografía del norte de la Isla, la tabla se convierte en un cohete que apenas toca el suelo; a veces vuela por segundos antes de aterrizar entre chispas. Los espectadores, apiñados en las aceras, actúan como un semáforo humano: levantan los brazos cuando la vía queda libre y el siguiente puede lanzarse. No hay edad para sumarse, aunque son los más jóvenes quienes desafían la pendiente con mayor ímpetu.

La emoción convive con el peligro, y precisamente en ese equilibrio reside buena parte del encanto. Lo que antes era tablón rústico hoy puede ser madera trabajada, incluso fibras modernas, pero la esencia es la misma: lanzarse, arriesgar y sentir cómo la calle entera se convierte en escenario de un ritual compartido.

Las Tablas de San Andrés son mucho más que carreras. La ciudad entera se vuelca en la celebración. Las bodegas abren sus puertas, las plazas acogen parrandas que cantan al vino nuevo y las brasas perfuman la noche con el aroma de las castañas, convirtiendo la calle en punto de encuentro para vecinos y visitantes. La tradición ha sobrevivido sin documentos escritos que certifiquen su origen, pero sí con una transmisión oral que la mantiene viva entre las nuevas generaciones. Hoy, con monumento propio en la Casa de los Cáceres, se reivindica como patrimonio inmaterial y se protege frente al olvido.

DE LA FAENA A LA TRADICIÓN

En el siglo XVI, Icod fue puerto de maderas: los troncos de tea bajaban desde los montes para fabricar barcos, ingenios azucareros o toneles. Aquellos tablones eran arrastrados calle abajo hasta el mar, y la memoria popular asegura que de esa faena cotidiana nació la costumbre de deslizarse por diversión. Más tarde, la tradición se unió al calendario festivo: el 29 y el 30 de noviembre, Día de San Andrés, las bodegas abrían al público para estrenar el vino del año. Castañas, música y descensos se fundieron entonces en una misma celebración que aún late con fuerza en el municipio.